lunes, abril 19, 2010

Homilía en la Vigilia Pascual de 2010 (Benedicto XVI)


(Vigilia Pascual en la noche santa, Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Basílica Vaticana, Sábado Santo, 3 de abril de 2010).

Queridos hermanos y hermanas:

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia». En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte —han pensado repetidamente los hombres— deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces —prosigue el libro de Henoc— Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con Él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Con este «no» se rechazaba un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia —sin tantos gestos externos— sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga 5,19ss.). Éstas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «frutos del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5,22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavado, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: “Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.”

Fuente:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100403_veglia-pasquale_sp.html

domingo, abril 18, 2010

El problema del pecado en la Iglesia


Daniel Iglesias Grèzes

La existencia del pecado en la Iglesia no contradice la doctrina católica sino que la confirma. Los cristianos creemos que Jesús murió en la cruz "por nuestra causa", "por nuestros pecados" (*); también creemos que la Iglesia es a la vez santa y necesitada de purificación. Para comprender esto, es necesario realizar las siguientes distinciones:

· Sólo Dios uno y trino es absolutamente santo. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, santifica a los cristianos. Sin embargo, sólo Dios es santo en un sentido primero y original. Los cristianos son santos en un sentido segundo y derivado.
· La Iglesia celestial ya no está necesitada de purificación. En el Cielo los cristianos participan de la gloria y de la santidad del mismo Dios. Conocen y aman como Dios conoce y ama.
· En la Iglesia terrestre hay "santos" (cristianos en estado de gracia) y "pecadores" (cristianos en estado de pecado mortal). En este sentido de la palabra "pecador" -que es su sentido más propio- sólo algunos cristianos son pecadores. Distinguir con certeza plena quiénes son en la Iglesia los santos y quiénes los pecadores supera la capacidad del hombre. Esto es una prerrogativa del juicio de Dios.
· En la vida de cada cristiano hay gracia y pecado, actos buenos y malos. Debemos reconocer con humildad nuestras culpas, arrepentirnos sinceramente de ellas y confiar en la misericordia de Dios, que hace sobreabundar la gracia allí donde abundó el pecado.

De hecho los hijos de la Iglesia han pecado a lo largo de la historia. No se debe minimizar estas culpas, pero sólo Dios puede juzgarlas absolutamente. La Iglesia católica reconoce las culpas de sus hijos y pide perdón a Dios y a los hombres por ellas. Al parecer, muchas de las otras iglesias, religiones, naciones, ideologías, etc. no han hecho otro tanto, aunque también deberían hacerlo.

Sin embargo, en honor a la verdad histórica, se debe rechazar las "leyendas negras" anticatólicas. Éstas pueden ser clasificadas en dos grandes grupos:

· Exageraciones a partir de abusos reales: muchos críticos anti-católicos exageran enormemente los abusos cometidos en la Inquisición, las Cruzadas, la conquista de América por parte de España, etc. También suelen hacer generalizaciones indebidas a partir de errores puntuales, como el del caso Galileo.
· Falsedades: el supuesto antisemitismo del Papa Pío XII, la presunta responsabilidad de la moral sexual católica en la propagación del hambre y el SIDA, la presunta responsabilidad de la Iglesia en los abusos contra los derechos humanos de las dictaduras militares latinoamericanas de los años setenta, la supuesta alianza histórica de la Iglesia con los poderosos en la lucha de clases, etc.

Por otra parte, no se debe sobrevalorar los pecados cometidos por miembros individuales de la Iglesia (por ejemplo, los casos de clérigos culpables de violaciones). Juzgar a la Iglesia por los actos malos cometidos por algunos de sus miembros es una generalización indebida.

Los pecados de los hijos de la Iglesia no proceden de la fe cristiana sino de su negación práctica. Son contrarios al Evangelio, a la verdad revelada por Dios en Cristo. Hay quienes van a Misa todos los domingos y son malos católicos. Pero es crucial comprender que no son malos católicos porque van a Misa, sino a pesar de que van a Misa. No ocurre otro tanto con las ideologías (liberalismo individualista, colectivismo marxista, etc.). Los crímenes de estas ideologías no son meros accidentes históricos, sino que dimanan de su misma esencia. Provienen necesariamente de ellas del mismo modo que una conclusión se deriva de unas determinadas premisas.

En la historia de la Iglesia Católica abunda el pecado, pero sobreabunda la gracia. La Iglesia ha permanecido fiel a Jesucristo y ha dado en todo tiempo un testimonio creíble de Él. Por la gracia de Dios, la Iglesia ha sido en todas las épocas -incluso las más turbulentas- la Esposa inmaculada del Cordero. Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad histórica hacer que en su rostro resplandezca cada vez más claramente la belleza de Cristo resucitado, Luz de las gentes.

Fuente: Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica, Centro Cultural Católico “Fe y Razón”, Montevideo 2009, 3ª edición, Capítulo 19.

*) Nota del autor: Obviamente este “nosotros” no se limita a los cristianos, sino que los incluye, abarcando a toda la humanidad.

martes, abril 13, 2010

La fe reafirmada (Daniel Iglesias - Néstor Martínez)

Reproduzco aquí nuestra respuesta a un artículo anticatólico publicado por un semanario uruguayo durante la pasada Semana Santa. Por favor haga clic sobre el título de esta entrada.

martes, abril 06, 2010

La devoción a San José


Daniel Iglesias Grèzes

En 1962, durante la primera sesión del Concilio Vaticano II, el Beato Papa Juan XXIII dispuso la inserción del nombre de San José en el Canon Romano de la Misa, lo cual desató inesperadamente un vendaval de críticas de parte del sector “progresista” de la Iglesia, que empezaba a tomar fuerza por ese entonces. Algunas de esas críticas apuntaban a una cuestión de forma: se entendía que, en pleno Concilio Ecuménico, no era conveniente que el Papa tomara una decisión de ese tipo por motu proprio, sin consultar al Concilio. No es muy aventurado ver en este episodio un fruto del espíritu “conciliarista” que estaba germinando en algunos sectores eclesiales, espíritu que tendía a dar una importancia exagerada al colegio de los obispos en detrimento del primado del Papa. Gestos desconsiderados hacia la autoridad papal, como el que estamos comentando, causaron más de un disgusto al “Papa bueno”.

Otras críticas emitidas con ocasión de la mencionada resolución de Juan XXIII se referían a su mismo contenido: la devoción a San José. Véase, por ejemplo: Yves M.-J. Congar op, Vatican II. Le Concile au jour le jour, Éditions du Cerf, Paris 1963, pp. 122-125. En el capítulo titulado “A propósito de la devoción a San José”, Congar, uno de los teólogos más influyentes de esa época, alertó contra el peligro de deformación de la devoción a San José, en el sentido de un posible apartamiento del cristo-centrismo debido en la piedad cristiana. Allí Congar escribió entre otras cosas lo siguiente:

“Nosotros mismos hemos sido educados en esta devoción [a San José]. No hemos renegado de nada. Sin embargo, para ella como para tantas cosas, “quando factus sum vir, evacuavi quae erant parvuli”, convertido en hombre, he eliminado lo que era pueril (1 Cor 12,11). Este pasaje de lo infantil al carácter adulto ha representado sobre todo para nosotros un pasaje del sentimiento puro, bastante humano, a un sentido de la economía salvífica alimentado de la Sagrada Escritura.” (la traducción del francés es mía).

Pienso que Congar, desde una pretendida “fe adulta”, insinúa aquí una actitud de desdén por la religiosidad popular. Lamentablemente, esa actitud se difundió mucho entre los intelectuales católicos “progresistas” en los años sesenta y setenta del siglo pasado, y generó una especie de brecha (o fosa) entre la religiosidad de la mayor parte del pueblo católico y la de buena parte de sus pastores. Causa perplejidad que a menudo los mismos católicos que eran reacios a denunciar explícita y enérgicamente los peligros del marxismo (por ejemplo), denunciaran con tanta preocupación los peligros existentes en torno a nada menos que… ¡la devoción a San José! ¡Tanto irenismo en la “apertura al mundo” y tanta beligerancia al interior de la Iglesia! No parece que la devoción a San José pueda dar mucho pie a desviaciones graves. Más bien los pastores de la Iglesia deberían preocuparse hoy por la falta de toda devoción en gran parte del pueblo católico. Alguien ha escrito que, desde el punto de vista de la evangelización, la gran tarea de nuestra época se asemeja mucho más a irrigar desiertos que a podar selvas. El influjo secularizante de tantos católicos “progresistas” ha contribuido bastante a esta situación.

Por intercesión de San José, Custodio del Redentor, ruego a Dios por todos nosotros, para que recuperemos un mayor sentido de lo sagrado y una piedad más afectiva.

domingo, abril 04, 2010

De 1968 a 2008


Daniel Iglesias Grèzes

Este mes se cumplen cuarenta años del “mayo francés”, es decir de la rebelión estudiantil en las universidades de París y otras ciudades de Francia, que tuvo repercusión (al menos simbólica) en muchos otros países, aunque las rebeliones estudiantiles ocurridas en Estados Unidos, México, Uruguay, etc. tuvieron a menudo diferentes características y motivaciones.

Mayo de 1968 fue un mes emblemático dentro de un año emblemático, en el que sucedieron muchas cosas memorables: el recrudecimiento de la guerra de Vietnam, a través de una gran ofensiva del Vietcong; la invasión soviética a Checoslovaquia para aplastar la “primavera de Praga”; los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King en Estados Unidos; el viaje del Apolo 8 alrededor de la Luna; etc. Fue una época caracterizada por el surgimiento de una nueva cultura juvenil, marcada por el auge del rock and roll (especialmente de los Beatles), las drogas, la “liberación sexual”, la brecha entre generaciones, la ideología marxista, etc. El “Che” Guevara había muerto el año anterior en Bolivia; y en 1969 tuvo lugar el gran festival de Woodstock. En Uruguay aumentaba la tensión sociopolítica debido ante todo a las acciones violentas de la guerrilla urbana de los “Tupamaros”, en el contexto de un profundo estancamiento económico de nuestro país.

Sumándome a una reflexión bastante generalizada, también yo me pregunto qué queda de todo aquello hoy, cuarenta años después. En lo político, en 1968 muchos tenían la impresión de que el socialismo marxista se impondría muy pronto en todo el mundo. Sin embargo, la imagen de los tanques soviéticos en Praga representó el comienzo del fin de la expansión comunista. Hoy los regímenes comunistas han desaparecido de Europa Oriental y ni siquiera existe ya la Unión Soviética, la superpotencia enfrentada a Estados Unidos durante la “guerra fría”, en busca de un imperio mundial. Hoy en Vietnam coexisten un gobierno comunista y una economía cada vez más libre; y fábricas de Vietnam producen juguetes para la “cajita feliz” de McDonald’s.

El legado cultural de 1968 parece mucho más persistente que su legado político. Los hippies de 1968 fueron los pioneros de un estilo de vida más individualista, que se ha ido imponiendo progresivamente, en parte a través de los medios de comunicación social. El famoso lema hippie “Don’t make war. Make love” (“No hagas la guerra. Haz el amor”) denota no sólo pacifismo, sino también una concepción hedonista de la vida y de la sexualidad. En los últimos 40 años, el ascenso de esa concepción ha producido una crisis del matrimonio y de la familia, paralela al auge de la “unión libre” y el divorcio.

También por el lado cultural, se da una sobrevivencia del marxismo a través de diversas formas de neomarxismo, inspiradas en la Escuela de Frankfurt y en Antonio Gramsci. El esquema marxista de la lucha de clases se traslada hoy a otros ámbitos: un feminismo radical lo aplica a la lucha entre hombres explotadores y mujeres explotadas; un indigenismo radical lo aplica a la lucha entre occidentales explotadores e indígenas explotados; un ecologismo radical lo aplica a la lucha entre seres humanos explotadores y animales y plantas (¡o la misma Tierra!) explotados.

En lo eclesiástico, 1968 fue el año de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (en Medellín, Colombia) y de la encíclica “Humanae Vitae” del Papa Pablo VI. Los medios de prensa, en su actual evocación de estos hechos, tienden a ligar estrechamente la Conferencia de Medellín con la “Teología de la Liberación”. Sin embargo cabe destacar que se trata de dos hechos distinguibles y separables, aunque relacionados. Convencionalmente se considera que la llamada “Teología de la Liberación” nació en 1971, al publicarse un famoso libro (con ese mismo nombre) del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez. Los más conocidos teólogos de la liberación (como el mismo Gutiérrez, Leonardo Boff y otros) estaban muy marcados por el influjo del marxismo. Nada de ese influjo se encuentra en los documentos de Medellín, donde la Iglesia Latinoamericana hizo una opción preferencial por los pobres y un compromiso renovado por la justicia social.

La promulgación de la “Humanae Vitae” fue uno de los hechos decisivos del pontificado de Pablo VI. Su rechazo de la anticoncepción, aunque perfectamente alineado con la Tradición eclesial, contradijo las expectativas de los sectores “progresistas” dentro de la Iglesia Católica. Éstos recibieron la encíclica con grandes críticas en todos los niveles. El auge “contestatario” produjo una crisis de la aceptación generalizada del Magisterio pontificio dentro de la Iglesia. Desde entonces ha crecido el “sentimiento antirromano” en los sectores referidos. Sin embargo, el “progresismo católico”, en alza hace 40 años, parece estar hoy en declive. Pese a las dudas o debilidades que se le imputan en su manejo de la crisis eclesial post-conciliar, el Papa Pablo VI tuvo el gran mérito de haber defendido firmemente la ortodoxia católica en aquellos tiempos revueltos: 1968 es el año, no sólo de la “Humanae Vitae”, sino también del “Credo del Pueblo de Dios”, en el que Pablo VI volvió a exponer la fe católica de siempre, rechazando las desviaciones que se incubaban en ese entonces.

En sintonía con el Magisterio de la Iglesia Católica, tratemos de luchar contra el individualismo y el relativismo que, aunque no se originaron en 1968, recibieron en los acontecimientos de ese año un respaldo importante.

Montevideo, mayo de 2008.


jueves, abril 01, 2010

El testimonio cristiano en la ciudad secular


Daniel Iglesias Grèzes

1. Una reflexión sobre el secularismo

Jesucristo es Rey de Reyes, Rey del Universo, pero su Reino no es de este mundo (cf. Juan 18,33-37). Nuestra vocación cristiana nos impulsa a contribuir al crecimiento del Reino de Cristo en el mundo. Los fieles cristianos laicos, en particular, están llamados a vivir esa vocación inmersos en las realidades temporales, ordenándolas de acuerdo con la voluntad de Dios revelada por Cristo y transmitida por la Iglesia. Sin embargo el creciente influjo de la ideología secularista, orientada hacia la completa disociación entre la fe religiosa y la vida pública, se presenta como un gran obstáculo para el cumplimiento de esta misión cristiana en el mundo.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (cf. n. 571) nos recuerda que el auténtico principio de laicidad (asumido por esta doctrina) implica una distinción entre la esfera religiosa y la esfera política. No me detendré aquí a analizar este principio, que permite garantizar a la vez la libertad religiosa y la legítima autonomía de la comunidad política. Sólo recordaré que, según el conocido adagio escolástico, “distinguir no es separar”; y mucho menos –agrego yo– “divorciar”, construir un foso infranqueable entre ambas esferas, impidiendo la sana y fructífera cooperación entre ambas.

Ya el liberalismo clásico, con su pretensión de establecer la neutralidad moral del Estado, representaba una gran amenaza a la auténtica laicidad; sin embargo, la actual tendencia a la “dictadura del relativismo”, con su pretensión de que la pacífica convivencia social esté basada en la renuncia de cada ciudadano a las certezas absolutas en el ámbito religioso y moral, representa un notable agravamiento de esa amenaza. La memorable homilía del Cardenal Joseph Ratzinger en el día previo a su elección como Sucesor de Pedro nos alerta sobre esta amenaza tan actual.

2. El cristiano en el mundo contemporáneo

Se sigue hablando, aunque cada vez menos, de la “civilización occidental y cristiana”. Sin embargo, es preciso reconocer que, aunque en Europa y en América los cristianos seguimos constituyendo la mayoría de la población, hace mucho tiempo que en ambos continentes las ideologías dominantes en la clase dirigente y en la clase intelectual son incompatibles con el cristianismo. Me refiero (en una rápida enumeración) al racionalismo de la Ilustración, al liberalismo individualista y secularista, al materialismo, al marxismo, al economicismo, al positivismo, al psicoanálisis freudiano y a un largo etcétera. La mayoría de las principales fuerzas políticas del siglo XX fueron anticristianas. Cabe suponer, entonces, que el colectivo con mayor responsabilidad en la construcción del mundo contemporáneo, con sus luces y sus sombras, no es el de los cristianos, sino el de los autodenominados “librepensadores”. Aún no hemos visto, sin embargo, que estos últimos hayan entonado un mea culpa, haciéndose cargo de las taras del mundo que han edificado.

El cristiano occidental vive en una civilización “post-cristiana” y está llamado a evangelizarla, contribuyendo a la formación y el crecimiento de una cultura cristiana en el seno de esa misma civilización. Lleva a cabo esta misión evangelizadora con el testimonio de sus palabras y sus obras, manteniendo una íntima unidad entre fe y vida, pensamiento y acción.

En el siglo XX la Iglesia Católica volvió a ser la Iglesia de los mártires. En el contexto de la preparación del Gran Jubileo del año 2000, por disposición del Papa Juan Pablo II, se constituyó en Roma la Comisión Nuevos Mártires. Hasta el día 31/03/2000 esta Comisión recogió 12.692 testimonios (procedentes de casi todo el mundo) sobre nuevos mártires cristianos. Andrea Riccardi, historiador y fundador de la Comunidad de San Egidio, en su muy recomendable libro El siglo de los mártires (Plaza & Janés Editores, S.A. – Barcelona 2001), presenta una conmovedora síntesis de estos testimonios, que permiten vislumbrar cómo –en tantísimos casos– la fidelidad cristiana ha florecido hasta el heroísmo en medio de dificultades impresionantes. A lo largo de todo el siglo XX, cientos de miles (quizás millones) de cristianos dieron su vida por Cristo, muriendo asesinados por odio a la fe en la Rusia soviética, en la Europa del Este, en los países comunistas o islámicos de Asia, en la Europa de Hitler, en la Revolución mexicana, en la España republicana, en los conflictos del África o de la América Latina… ¡También en nuestros días, Dios sigue siendo admirable en sus santos!

Todavía hoy la Iglesia católica es clandestina en China (el país más poblado del mundo), sufre la violencia de fanáticos hindúes en la India (el segundo país más poblado) y de fanáticos musulmanes en Indonesia, Pakistán, Turquía y Egipto, y sufre graves e injustas restricciones a su libertad en muchos países (Cuba, Vietnam, Arabia Saudita, Irán, etc.).

En los países liberales de Occidente, aunque no hay persecuciones sangrientas, hay discriminaciones sutiles y efectivas. Por muchos medios el poder dominante ha buscado y busca marginar a la Iglesia de la vida pública y social, relegando la religión a la categoría de fenómeno exclusivamente privado, fundado en sentimientos irracionales, que no tienen ningún valor en la arena política. La actual civilización occidental tiene fuertes raíces cristianas, pero no puede decirse que hoy sea cristiana. Basta abrir un diario o prender la televisión para darse cuenta de ello. Un ejemplo entre miles: la amenazadora perspectiva de la clonación humana. Como dijo Goya, “los sueños de la razón engendran monstruos”.

3. El Uruguay laicista

El Uruguay laicista es sin duda un caso especial en el ámbito latinoamericano. Tal vez basten algunas pinceladas para familiarizar a los lectores no uruguayos con esta singularidad uruguaya.

Se suele decir que José Batlle y Ordóñez, dos veces Presidente de la República (1903-1907 y 1911-1915) es el constructor del Uruguay moderno. El carácter laicista de este “Uruguay moderno” podrá apreciarse mejor si se considera que Batlle siempre atacó dura y sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificándola de absurda e inmoral, y que en 1926 llegó a vetar la candidatura presidencial del batllista Gabriel Terra, por haber actuado éste como padrino en la boda religiosa de su propia hija (Raquel Terra). Carlos Manini Ríos, otro alto dirigente del Partido Colorado (el partido liderado por Batlle) cuenta en su libro Una nave en la tormenta que Batlle, en su diario El Día, “denigraba en toda ocasión a sacerdotes y monjas; se complacía en relatar las infracciones a los votos -particularmente el de castidad- y atacaba en forma constante al arzobispo Aragone, a quien llamaba el Cotorrón” (cf. Jorge Pelfort, en: El Observador, 21/08/1999, Correo del Lector, Iglesia y Estado).

Que el viejo laicismo uruguayo no había perdido su veta anticatólica se pudo apreciar claramente después de la primera visita del Papa Juan Pablo II al Uruguay (en 1987), cuando un grupo importante, aunque minoritario, de parlamentarios manifestó una cerrada oposición a la conservación como monumento histórico de la cruz erigida en el lugar de la Misa papal, que congregó inesperadamente a un número altísimo de personas.

En Uruguay el laicismo impregnó también fuertemente el pensamiento de muchos cristianos. Veamos en primer lugar el caso de los protestantes, a través de una cita de un historiador protestante uruguayo:

“En líneas generales, resulta posible afirmar que las iglesias protestantes uruguayas apoyaron, en mayor o menor medida, el proceso secularizador impulsado por el Estado en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del siglo XX. En efecto, si se considera ese proceso como una disputa por la construcción y ocupación de un “espacio”, se puede concluir que los protestantes se aliaron con aquellas fuerzas que propugnaban la “privatización” de lo religioso, y que no sólo apoyaron sino que incluso promovieron algunas medidas secularizadoras. Tal comportamiento parece no haber sido exclusivo del protestantismo uruguayo, sino que fue verificable en la mayoría de los países latinos, tanto europeos (el caso francés es paradigmático) como latinoamericanos.

Las razones de este posicionamiento estarían directamente relacionadas con el hecho de ser una minoría dentro de sociedades predominantemente católicas y, en la inmensa mayoría de los casos, con Estados confesionales. Tal situación llevó al protestantismo a identificar el impulso secularizador, en tanto anticlerical y anticatólico, como un fenómeno saludable y beneficioso para la sociedad y para sus propios intereses. No obstante, en la medida que la “secularización” se fue extendiendo, esa comunidad de intereses con el Estado y otras fuerzas anticlericales comenzó a perder sustento. En otras palabras, mientras el proceso secularizador se mantuvo dentro de límites anticatólicos y no violó la neutralidad frente al fenómeno religioso en general, el apoyo protestante se mantuvo, pero cuando se pasó a formas antirreligiosas beligerantes, la alianza se rompió.” (Roger Geymonat, Protestantismo y secularización en el Uruguay, en: Autores Varios, Las religiones en el Uruguay. Algunas aproximaciones, Ediciones La Gotera, Montevideo 2004).

Absteniéndome de sacar conclusiones de la ofensiva suposición de Geymonat de que se puede ser a la vez anticatólico y neutral frente al fenómeno religioso, me interesa subrayar que esta confesión de la responsabilidad protestante en la descristianización del Uruguay no ha ido acompañada de ninguna expresión de arrepentimiento o de pedido de perdón.

También entre muchos protestantes uruguayos sobrevive el viejo sentimiento anticatólico. Un ejemplo de esto es la declaración de fecha 25/04/2005 de la Federación de Iglesias Evangélicas del Uruguay (FIEU), protestando por el traslado a un espacio público de una estatua de Juan Pablo II, fallecido el día 2 del mismo mes. Según la FIEU esta medida violó la salutífera “laicidad” del Estado uruguayo.

Pero el laicismo ha calado también hasta los huesos de muchos católicos uruguayos. Uruguay es un país donde pueden ocurrir cosas como que el Movimiento de Cristianos Universitarios (MCU) y el Movimiento de Profesionales Católicos (MPC) se opongan a la creación de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), expresando su solidaridad con la estatal Universidad de la República, que precisamente al crearse la UCU perdió el monopolio de la educación universitaria en el Uruguay. Vale la pena citar algunos párrafos de la correspondiente declaración del MCU y el MPC:

“Como movimientos laicos de la Iglesia Católica, estamos desde hace tiempo comprometidos en una pastoral definida por una perspectiva de servicio, solidaria con los ambientes pluralistas, a partir de la opción por los pobres y en la práctica concreta de la comunión y participación, corresponsable en la Iglesia y en el Mundo. Esta línea pastoral que estamos llevando adelante no necesita de instituciones paralelas de este tipo, para crecer en la identidad cristiana y para cumplir la misión evangelizadora en la sociedad. Pensamos que una medida unilateral e inconsulta como la que acaba de sobrevenir no ayuda a la auténtica presencia cristiana en el medio universitario.

La nueva institución tendrá la carga de remontar, con hechos, las condiciones en que ha nacido y de demostrar que está verdaderamente al servicio del pueblo, de la cultura universitaria y del anuncio del Evangelio”. (El Día, 1/09/1984, Católicos Universitarios Están Contra la Universidad Privada).

Sin comentarios.

Que la Virgen de los Treinta y Tres, Patrona de nuestra Patria, interceda por todos los uruguayos para que podamos expresar y vivir el auténtico concepto de laicidad.

miércoles, marzo 31, 2010

Si me amas (San Agustín)


No llores si me amas…
Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo…
Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos…
Si por un instante pudieras contemplar como yo la belleza ante la cual las bellezas palidecen…
Créeme.
Cuando llegue el día que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este cielo en el que te ha precedido la mía…
Ese día volverás a verme.
Sentirás que te sigo amando, que te amé,
y encontrarás mi corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis feliz.
Ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo.
Te llevaré de la mano por los senderos nuevos de luz y de vida.
Enjuga tu llanto y no llores si me amas.

San Agustín

lunes, marzo 29, 2010

Anticatolicismo (Arzobispo Timothy Dolan)

El siguiente artículo fue enviado, en una forma ligeramente más corta, al New York Times como un artículo op-ed [enfrentado a la página editorial]. El Times declinó publicarlo. Yo pensé que ustedes podrían estar interesados en leerlo.


***

¡PELOTA AFUERA!

Timothy M. Dolan
Arzobispo de Nueva York

Octubre es el mes en el que nos deleitamos con el punto más alto de nuestro pasatiempo nacional, ¡especialmente cuando uno de nuestros propios equipos de Nueva York está en la Serie Mundial!

Tristemente, los Estados Unidos tienen otro pasatiempo nacional, no siendo éste agradable en absoluto: el anticatolicismo.

No es una hipérbola llamar “pasatiempo nacional” al prejuicio contra la Iglesia Católica. Académicos como Arthur Schlesinger Sr. se refirieron a él como “el prejuicio más profundo en la historia del pueblo estadounidense”, mientras John Higham lo describió como “la más exuberante y tenaz tradición de agitación paranoica de la historia norteamericana”. “El antisemitismo de la izquierda” es como Paul Viereck lo interpreta, y el Profesor Philip Jenkins subtitula su libro sobre este tema “El último prejuicio aceptable”.

Si ustedes quieren evidencia reciente de esta injusticia contra la Iglesia Católica, no necesitan mirar más allá de unos cuantos de los siguientes ejemplos de incidentes de las últimas dos semanas:

· El 14 de octubre, en las páginas del New York Times, el periodista Paul Vitello expuso el triste alcance del abuso sexual de niños en la comunidad judía ortodoxa de Brooklyn. Según ese artículo, hubo 40 casos de tales abusos en esa pequeña comunidad sólo el año pasado. Sin embargo el Times no exigió lo que ha reclamado incesantemente cuando se refiere al mismo tipo de abuso por parte de una pequeña minoría de sacerdotes: divulgación de los nombres de los abusadores, reversión del estatuto de limitaciones, investigaciones externas, publicación de todos los registros, y total transparencia. En cambio, se cita a un fiscal urgiendo a los funcionarios a cargo de la aplicación de la ley a reconocer las “sensibilidades religiosas”, y no se hizo ninguna crítica a la oficina del FD [Fiscal del Distrito] por permitir a los rabinos ortodoxos arreglar estos casos “internamente”. Dada la propia experiencia reciente y horrible de la Iglesia Católica, no estoy en condiciones de criticar a nuestros vecinos judíos ortodoxos, y tampoco tengo ningún deseo de hacerlo… pero puedo criticar esta especie de “indignación selectiva”.

Por supuesto, esta indignación selectiva probablemente no debería sorprendernos en absoluto, dado que hemos visto muchos otros ejemplos de este fenómeno en años recientes cuando se trata el asunto del abuso sexual. Para no citar sino dos: en 2004, el Profesor Carol Shakeshaft documentó el extendido problema del abuso sexual de menores en las escuelas públicas de nuestra nación (el estudio puede ser encontrado aquí). En 2007, Associated Press publicó una serie de investigaciones periodísticas que también mostraron los numerosos ejemplos de abuso sexual por educadores contra estudiantes de escuelas públicas. Tanto el estudio de Shakeshaft como los informes de AP fueron esencialmente ignorados, dado que los periódicos tales como el New York Times parecen tener sólo a sacerdotes en sus puntos de mira.

· El 16 de octubre, Laurie Goodstein del Times ofreció una historia en la parte de arriba de la portada sobre el triste episodio de un sacerdote franciscano que había engendrado un hijo. Incluso tomando en cuenta que la relación con la madre fue consensuada y entre dos adultos, y que los franciscanos han tratado de manejar con justicia las responsabilidades del sacerdote errante hacia su hijo, esta acción es todavía pecaminosa, escandalosa e indefendible. Sin embargo, uno todavía tiene que preguntarse por qué una historia de hace un cuarto de siglo de un pecado de un sacerdote es ahora súbitamente más urgente y de mayor interés periodístico que la guerra en Afganistán, el sistema de salud y la hambruna genocida en el Sudán. Ningún clérigo de religiones distintas a la católica parece merecer nunca tal atención.

· Cinco días después, el 21 de octubre, el Times dedicó su titular principal a la decisión del Vaticano de dar la bienvenida a los anglicanos que habían pedido la unión con Roma. Es bastante justo. Injusta, no obstante, fue la observación del artículo de que la Santa Sede atrajo a los anglicanos e hizo una oferta para adquirirlos. Por supuesto, la realidad es simplemente que por años miles de anglicanos han estado pidiendo a Roma ser aceptados en la Iglesia Católica con una especial sensibilidad por su propia tradición. Como observó el Cardenal Walter Kasper, el principal ecumenista del Vaticano, “no estamos pescando en el estanque anglicano”. No es suficiente para el Times; para ellos, éste fue otro caso del astuto Vaticano atrayendo y comprando a gente buena y confiada, capitalizando codiciosamente las actuales tensiones internas del anglicanismo.

· Finalmente, el ejemplo más inflamable de todos vino el domingo con una intemperante y procaz pieza de Maureen Dowd en las páginas de opinión del Times. En una diatriba que con razón nunca habría pasado la revisión de los editores si hubiera criticado así un asunto religioso islámico, judío o afroamericano, ella profundiza en el manual nativista para usar toda posible caricatura anticatólica, desde la Inquisición hasta el Holocausto, los condones, la obsesión con el sexo, los sacerdotes pedófilos y la opresión de las mujeres, acuchillando todo el tiempo al Papa Benedicto XVI por sus zapatos, su conscripción forzada —junto con todos los demás adolescentes varones alemanes— en el ejército alemán, su esfuerzo por alcanzar a ex Católicos y su reciente bienvenida a anglicanos.

Es verdad que el tema que disparó su espasmo —la actual visita de las religiosas por parte de representantes del Vaticano— bien vale una discusión y no está exento de un legítimo cuestionamiento. Pero su prejuicio, aunque quizás habría sido apropiado para “La Amenaza”, el periódico ignorante de los años 1850, no tiene lugar en una gran publicación de hoy día.

No quiero insinuar que el anticatolicismo está confinado a las páginas del New York Times. Desafortunadamente, abundantes ejemplos pueden ser encontrados en muchos lugares diferentes. Ni siquiera comenzaré a tratar de enumerar los muchos casos de anticatolicismo en los así llamados medios de entretenimiento, dado que ellos son tan frecuentes que a veces parecen casi de rutina y obligatorios. En otro lugar, la semana pasada el Representate Patrick Kennedy hizo algunas observaciones no solicitadas e increíblemente inexactas acerca de los obispos católicos, como fue mencionado en este blog el lunes. También, la Legislatura del Estado de Nueva York ha establecido un impuesto especial a las nóminas para ayudar a la Autoridad del Transporte Metropolitano a financiar su déficit. Esta legislación dispone que a las escuelas públicas se les reembolse el costo del impuesto; las escuelas católicas, y las otras escuelas privadas, no recibirán el reembolso, lo que costará a cada escuela miles –y en algunos casos decenas de miles– de dólares, costo que los padres y las escuelas difícilmente puedan afrontar. (Tampoco puede hacerlo la Arquidiócesis, que ya subsidia a las escuelas con $ 30 millones por año). ¿No es un asunto de justicia básica que TODOS los escolares y sus padres sean tratados de forma igualitaria?

La Iglesia Católica no está por encima de la crítica. Nosotros mismos los católicos la practicamos también en una buena medida. Le damos la bienvenida y la esperamos. Todo lo que pedimos es que esa crítica sea justa, racional y exacta, lo que deberíamos esperar para todos. La sospecha y el prejuicio contra la Iglesia es un pasatiempo nacional que debería ser superado para bien.

Supongo que mis conocimientos de la historia norteamericana deberían precaverme contra el aguantar mi respiración [hasta que el prejuicio pase].

Sin embargo, ayer fue la fiesta de San Judas, el santo patrono de las causas imposibles.

Jueves, 29 de octubre de 2009.
Fuente:
http://blog.archny.org/?p=42
(traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

jueves, marzo 25, 2010

San Buenaventura (Benedicto XVI)

(Audiencia General, Miércoles 10 de marzo de 2010, Aula Pablo VI)

Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La semana pasada hablé de la vida y de la personalidad de San Buenaventura de Bagnoregio. Esta mañana quiero proseguir la presentación, deteniéndome sobre una parte de su obra literaria y de su doctrina.

Como ya dije, San Buenaventura, entre sus varios méritos, ha tenido el de interpretar auténtica y fielmente la figura de San Francisco de Asís, venerado y estudiado por él con gran amor. En particular, en tiempos de San Buenaventura una corriente de Frailes menores, llamados “espirituales”, sostenía que con San Francisco había sido inaugurada una fase totalmente nueva de la historia, habría aparecido el “Evangelio eterno”, del que habla el Apocalipsis, que sustituía al Nuevo Testamento. Este grupo afirmaba que la Iglesia ahora había agotado su propio rol histórico, y su puesto debía ser ocupado por una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu, es decir los “franciscanos espirituales”. En la base de las ideas de ese grupo estaban los escritos de un abad cisterciense, Joaquín de Fiore, muerto en 1202. En sus obras, él afirmaba un ritmo trinitario de la historia. Consideraba el Antiguo Testamento como edad del Padre, seguida del tiempo del Hijo, el tiempo de la Iglesia. Habría que esperar todavía la tercera edad, la del Espíritu Santo. Toda la historia era así interpretada como una historia de progreso: de la severidad del Antiguo Testamento a la relativa libertad del tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los hijos de Dios en el período del Espíritu Santo, que sería también, finalmente, el período de la paz entre los hombres, de la reconciliación de los pueblos y de las religiones. Joaquín de Fiore había suscitado la esperanza de que el inicio del nuevo tiempo vendría de un nuevo monaquismo. Así es comprensible que un grupo de franciscanos pensase reconocer en San Francisco de Asís al iniciador del tiempo nuevo y en su Orden a la comunidad del período nuevo –la comunidad del tiempo del Espíritu Santo, que dejaba detrás de sí a la Iglesia jerárquica, para iniciar la nueva Iglesia del Espíritu, no más ligada a las viejas estructuras.

Existía por lo tanto el riesgo de un gravísimo malentendido del mensaje de San Francisco, de su humilde fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, y tal equívoco comportaba una visión errónea del cristianismo en su conjunto.

San Buenaventura, que en 1257 se convirtió en Ministro General de la Orden Franciscana, se encontró frente a una grave tensión al interior de su misma Orden a causa precisamente de lo que sostenía la mencionada corriente de los “franciscanos espirituales”, que se remitía a Joaquín de Fiore. Justo para responder a este grupo y devolver la unidad a la Orden, San Buenaventura estudió cuidadosamente los escritos auténticos de Joaquín de Fiore y los atribuidos a él y, teniendo en cuenta la necesidad de presentar correctamente la figura y el mensaje de su amado San Francisco, quiso exponer una visión adecuada de la teología de la historia. San Buenaventura afrontó el problema justo en su última obra, una recopilación de conferencias a los monjes del estudio parisino, que quedaron incompletas y fueron juntadas a través de las transcripciones de los oyentes, titulada Hexaëmeron, es decir una explicación alegórica de los seis días de la creación. Los Padres de la Iglesia consideraban los seis o siete días del relato de la creación como profecía de la historia del mundo, de la humanidad. Los siete días representaban para ellos siete períodos de la historia, más tarde interpretados también como siete milenios. Con Cristo habríamos entrado en el último, o sea el sexto período de la historia, al cual seguiría entonces el gran sábado de Dios. San Buenaventura supone esta interpretación histórica del relato de los días de la creación, pero de un modo muy libre e innovador. Para él dos fenómenos de su tiempo volvían necesaria una nueva interpretación del curso de la historia:

El primero: la figura de San Francisco, el hombre totalmente unido a Cristo hasta la comunión de los estigmas, casi un alter Christus, y con San Francisco la nueva comunidad creada por él, distinta del monaquismo conocido hasta entonces. Este fenómeno exigía una nueva interpretación, como novedad de Dios aparecida en aquel momento.

El segundo: la posición de Joaquín de Fiore, que anunciaba un nuevo monaquismo y un período totalmente nuevo de la historia, yendo más allá de la revelación del Nuevo Testamento, exigía una respuesta.

Como Ministro General de la Orden de los Franciscanos, San Buenaventura había visto enseguida que con la concepción espiritualista, inspirada en Joaquín de Fiore, la Orden no era gobernable, sino que marchaba lógicamente hacia la anarquía. Dos eran para él las consecuencias:

La primera: la necesidad práctica de estructuras y de inserción en la realidad de la Iglesia jerárquica, de la Iglesia real, necesitaba un fundamento teológico, también porque los otros, aquellos que seguían la concepción espiritualista, mostraban un aparente fundamento teológico.

La segunda: incluso teniendo en cuenta el realismo necesario, no se debía perder la novedad de la figura de San Francisco.

¿Cómo respondió San Buenaventura a la exigencia práctica y teórica? De su respuesta puedo dar aquí sólo un resumen muy esquemático e incompleto, en algunos puntos:

San Bonaventura rechaza la idea del ritmo trinitario de la historia. Dios es uno en toda la historia y no se divide en tres divinidades. En consecuencia, la historia es una, incluso si es un camino y –según San Buenaventura– un camino de progreso.

Jesucristo es la última palabra de Dios –en Él Dios ha dicho todo, dándose y diciéndose a Sí mismo. Más que a Sí mismo, Dios no puede decir, ni dar. El Espíritu Santo es Espíritu del Padre y del Hijo. Cristo mismo dice del Espíritu Santo: “…les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14,26), “tomará de lo que es mío y se los anunciará” (Juan 16,15). Por lo tanto no hay otro Evangelio más alto, no hay que esperar otra Iglesia. Por eso también la Orden de San Francisco debe insertarse en esta Iglesia, en su fe, en su ordenamiento jerárquico.

Esto no significa que la Iglesia sea inmóvil, esté fija en el pasado y no pueda haber ninguna novedad en ella. “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, no disminuyen, sino que progresan, dice el Santo en la carta De tribus quaestionibus. Así San Buenaventura formula explícitamente la idea del progreso, y ésta es una novedad con respecto a los Padres de la Iglesia y a gran parte de sus contemporáneos. Para San Buenaventura Cristo no es más, como era para los Padres de la Iglesia, el fin, sino el centro de la historia; con Cristo la historia no termina, sino que comienza un nuevo período. Otra consecuencia es la siguiente: hasta aquel momento dominaba la idea de que los Padres de la Iglesia eran el vértice absoluto de la teología, y todas las generaciones siguientes sólo podían ser sus discípulos. También San Buenaventura reconoce a los Padres como maestros para siempre, pero el fenómeno de San Francisco le da la certeza de que la riqueza de la palabra de Cristo es inagotable y que también en las nuevas generaciones pueden aparecer nuevas luces. La unicidad de Cristo garantiza también novedad y renovación en todos los períodos de la historia.

Ciertamente, la Orden Franciscana –así lo subraya- pertenece a la Iglesia de Jesucristo, a la Iglesia apostólica y no puede construirse en un espiritualismo utópico. Pero, al mismo tiempo, es válida la novedad de tal Orden con respecto al monaquismo clásico, y San Buenaventura –como he dicho en la Catequesis precedente– ha defendido esta novedad contra los ataques del Clero secular de París: los Franciscanos no tienen un monasterio fijo, pueden estar presentes en todas partes para anunciar el Evangelio. Justamente la ruptura con la estabilidad, característica del monaquismo, a favor de una nueva flexibilidad, restituye a la Iglesia el dinamismo misionero.

En este punto quizás sea útil decir que también hoy existen visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia en el segundo milenio habría sido una decadencia permanente; algunos ven la declinación ya enseguida después del Nuevo Testamento. En realidad, “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, sino que progresan. ¿Qué sería de la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los Cistercienses, de los Franciscanos y Dominicanos, la espiritualidad de Santa Teresa de Ávila y de San Juan de la Cruz, y así sucesivamente? También hoy vale esta afirmación: “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, van hacia adelante. San Buenaventura nos enseña el necesario discernimiento, incluso severo, del realismo sobrio y de la apertura a los nuevos carismas dados por Cristo, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientas se repite esta idea de la decadencia, también la otra idea, este “utopismo espiritualista”, se repite. Sabemos, de hecho, como después del Concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, que había otra Iglesia, que la Iglesia pre-conciliar había terminado y teníamos otra, totalmente “otra”. ¡Un utopismo anárquico! Y gracias a Dios los timoneles sabios de la barca de Pedro, el Papa Pablo VI y el Papa Juan Pablo II, por una parte han defendido la novedad del Concilio y por otra, al mismo tiempo, han defendido la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que es siempre Iglesia de pecadores y siempre lugar de Gracia. [Énfasis agregado por DIG].

En este sentido, San Buenaventura, como Ministro General de los Franciscanos, tomó una línea de gobierno en la cual estaba bien claro que la nueva Orden no podía, como comunidad, vivir a la misma “altura escatológica” de San Francisco, en quien él ve anticipado el mundo futuro, pero –guiado, al mismo tiempo, por un sano realismo y por el coraje espiritual– debía acercarse lo más posible a la realización máxima del Sermón de la montaña, que para San Francisco fue la regla, incluso teniendo en cuenta los límites del hombre, marcado por el pecado original.

Vemos así que para San Buenaventura gobernar no era simplemente un hacer, sino que era sobre todo pensar y rezar. En la base de su gobierno encontramos siempre la oración y el pensamiento; todas sus decisiones resultan de la reflexión, del pensamiento iluminado por la oración. Su contacto íntimo con Cristo ha acompañado siempre a su labor de Ministro General y por eso compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el espíritu de su gobierno y manifiestan la intención de guiar interiormente a la Orden, es decir, de gobernar, no sólo mediante órdenes y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando a Cristo.

De estos escritos suyos, que son el alma de su gobierno y que muestran el camino a recorrer tanto al individuo como a la comunidad, quisiera mencionar sólo uno, su obra maestra, el Itinerarium mentis in Deum, que es un “manual” de contemplación mística. Este libro fue concebido en un lugar de profunda espiritualidad: el monte de Alvernia, donde San Francisco había recibido los estigmas. En la introducción el autor ilustra las circunstancias que dieron origen a este escrito suyo: “Mientras meditaba sobre la posibilidad del alma de ascender a Dios, se me presentó, entre otras cosas, aquel evento admirable ocurrido en aquel lugar al beato Francisco, es decir la visión del Serafín alado en forma de Crucifijo. Y meditando sobre eso, pronto me di cuenta de que tal visión me ofrecía el éxtasis contemplativo del mismo padre Francisco y conjuntamente la vía que conduce a él” (Itinerario della mente in Dio, Prologo, 2, in Opere di San Bonaventura. Opuscoli Teologici /1, Roma 1993, p. 499).

Las seis alas del Serafín se convierten así en el símbolo de seis etapas que conducen progresivamente al hombre del conocimiento de Dios a través de la observación del mundo y de las creaturas y a través de la exploración del alma misma con sus facultades, hasta la unión gratificante con la Trinidad por medio de Cristo, a imitación de San Francisco de Asís. Las últimas palabras del Itinerarium de San Buenaventura, que responden a la pregunta sobre cómo se puede alcanzar esta comunión mística con Dios, debería hacer descender a lo profundo del corazón: “Si ahora anhelas saber como ocurre esto (la comunión mística con Dios), interroga a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al intelecto; al gemido de la oración, no al estudio de la letra; al esposo, no al maestro; a Dios, no al hombre; a la niebla, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que todo lo inflama y transporta a Dios con fuertes unciones y ardentísimos afectos... Entramos entonces en la oscuridad, acallamos los afanes, las pasiones y las imágenes; pasamos con Cristo Crucificado de este mundo al Padre, a fin de que, después de haberlo visto, digamos con Felipe: esto me basta” (ibid., VII, 6).

Queridos amigos, acojamos la invitación que nos dirige San Buenaventura, el Doctor Seráfico, y entremos en la escuela del Maestro divino: escuchemos su Palabra de vida y de verdad, que resuena en lo íntimo de nuestra alma. Purifiquemos nuestros pensamientos y nuestras acciones, para que Él pueda habitar en nosotros, y nosotros podamos entender su Voz divina, que nos atrae hacia la verdadera felicidad.

Fuente: http://www.vatican.va/
(traducido del italiano por Daniel Iglesias Grèzes).

domingo, marzo 21, 2010

Oración por la beatificación del Cardenal Newman

Señor Jesucristo, cuando es Tu voluntad que un siervo Tuyo sea elevado a los honores del Altar, Tú lo glorificas por medio de evidentes signos y milagros. Por ello, Te pedimos quieras concedernos la gracia que ahora imploramos por intercesión de John Henry Newman. Por su devoción a Tu Inmaculada Madre y su lealtad a la sede de Pedro, pueda ser nombrado algún día entre los Santos de la Iglesia.
Amén.
Fuente: Newmaniana, Publicación de AMIGOS DE NEWMAN en la Argentina, Año IX - Número 26, Abril 1999, p. 3.
Nota de DIG: Según ha anunciado InfoCatólica, el 19 de septiembre de 2010, en Birmingham (Inglaterra), el Papa Benedicto XVI presidirá la ceremonia de beatificación de John Henry Newman, haciendo por primera vez una excepción a su costumbre de encomendar esas ceremonias a otros Obispos. ¡Bendito sea Dios! Desde esa fecha, oremos por la canonización del Cardenal Newman.