sábado, octubre 31, 2009

Bendito sea Dios

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la incomparable Madre de Dios, la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María, Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Oremos:
Oh Dios, que en este sacramento admirable
nos dejaste el memorial de Tu pasión;
Te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de Tu Cuerpo y de Tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de Tu redención.
Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
Amén.

(Se reza en la Adoración Eucarística, o en la Misa cuando se vea impedido de comulgar).

domingo, octubre 18, 2009

Declaración sobre los aspectos bioéticos de las próximas elecciones

Comunicado Nº 3/09

Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II”

Ante la próxima instancia electoral, y dados los muchos temas de naturaleza bioética que se juegan en esta coyuntura, el Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II” cumple con su obligación de aportar desde su punto de vista específico al discernimiento de los católicos y de muchas personas que, aún sin compartir la fe de la Iglesia, son sensibles a la natural dignidad y los derechos de la persona humana.

El Papa Benedicto XVI nos ha recordado recientemente los “principios no negociables” que deben regir la conducta de los católicos en el ámbito público y por tanto en el terreno político y concretamente el electoral (1).

Ante todo, siguiendo la enseñanza del Papa, conviene aclarar que:

“Estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y, por tanto, son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es, pues, de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Al contrario, esta acción es tanto más necesaria cuanto más se niegan o tergiversan estos principios, porque eso constituye una ofensa contra la verdad de la persona humana, una grave herida causada a la justicia misma.”

Somos en efecto conscientes de que, confirmados por la tradición bíblica, estos principios derivan simplemente de una recta comprensión racional de lo que es el ser humano, y son suscritos y apoyados por una gran cantidad de personas pertenecientes a un amplio abanico de posturas filosóficas, incluyendo ateos, agnósticos, creyentes de varias religiones y hermanos cristianos de otras confesiones.

Respecto de los principios no negociables en cuestión, nos dice el Papa:

“Por lo que atañe a la Iglesia católica, lo que pretende principalmente con sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona; por eso, presta conscientemente una atención particular a principios que no son negociables. Entre éstos, hoy pueden destacarse los siguientes:

— protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural;
— reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa contra los intentos de equipararla jurídicamente a formas radicalmente diferentes de unión que, en realidad, la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su irreemplazable papel social;
— protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.”

En plena sintonía con la enseñanza pontificia, la Conferencia Episcopal del Uruguay ha señalado recientemente las pautas que deben clarificar el discernimiento electoral de los católicos (2). De ellas extractamos las que guardan relación más inmediata con la competencia de este Instituto Arquidiocesano de Bioética:

“2. Juzgar con sentido crítico las políticas concretas por su manera de encarar el problema global de la vida humana en el Uruguay de hoy, atendiendo especialmente a la defensa del derecho de todo ser humano a la vida, desde la concepción, pasando por todas las etapas de su desarrollo, hasta la muerte natural. (…)

4. Poner como condición necesaria de nuestro apoyo a las distintas propuestas la defensa de la familia basada en el matrimonio estable de un varón y una mujer y la coherencia de esas propuestas con la consecuente visión de la sexualidad humana y su significado. Reclamar la plena y real libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos.”

Es por eso que, conscientes de lo que está en juego en esta particular coyuntura electoral para nuestro país en relación con estos valores y principios, exhortamos a todos los católicos, y en general a todas las personas preocupadas por realizar éticamente su opción electoral, a tomar estas pautas como guía, con la certeza de estar así contribuyendo al mejor futuro para nuestro país.


*****


1) Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en unas jornadas de estudio sobre Europa organizadas por el Partido Popular Europeo, Jueves 30 de marzo de 2006.

2) Conferencia Episcopal del Uruguay, Documento Pastoral de los Obispos para las comunidades cristianas. Pautas para el discernimiento político en año electoral, Florida, 28 de abril de 2009.

sábado, octubre 03, 2009

La Iglesia y el Reino de Dios


Daniel Iglesias Grèzes

Alguien me escribió que hace unos días, en una homilía, un sacerdote católico dijo lo siguiente:
“Jesús no vino a instaurar su Iglesia, sino a empezar a construir el Reino, y en ese barco entramos todos.”

Intentaré mostrar que esa afirmación contradice la doctrina católica.

Consideremos la primera parte de la frase en cuestión:
“Jesús no vino a instaurar su Iglesia, sino a empezar a construir el Reino”.

Esta proposición se parece mucho a una famosa frase –pretendidamente irónica- de Alfred Loisy, teólogo católico disidente (modernista) de principios del siglo XX: "Jesús anunció el Reino de Dios, y lo que vino fue la Iglesia". Loisy fue excomulgado por sus doctrinas heréticas.

Es verdad que Jesús vino para traer el Reino de Dios, es decir para salvarnos. "Reino de Dios" y "salvación" pueden ser considerados como sinónimos. Donde Dios reina hay salvación y recíprocamente.

Por otra parte, al menos desde Orígenes (siglo III) la exégesis católica ha tenido claro que en definitiva Jesucristo mismo, en persona, es el Reino de Dios. En Él el Reino de Dios no sólo ha venido ya, sino que ha alcanzado su plenitud. Él mismo es nuestro Salvador y nuestra salvación.

Pero, contrariamente a lo que insinúa la frase analizada, la Iglesia no es un producto accidental o secundario de la misión de salvación de Jesucristo, sino que es parte esencial de ella. La Iglesia es nada menos que el Cuerpo de Cristo, un Cuerpo cuya Cabeza es Cristo, nuestra salvación. La Iglesia hace presente socialmente a Cristo en el mundo de hoy y continúa su misión de salvación, animada por el mismo Espíritu de Cristo. Jesús se identifica plenamente con su Iglesia: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.” (Mateo 10,40); “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” (Mateo 28,20).

El Concilio Vaticano II identifica el Reino de Dios y el Reino de Cristo (cf. constitución dogmática Lumen Gentium, n. 5), identificación -por lo demás- muy obvia para la doctrina católica. Pues bien, el mismo Concilio Vaticano II dice que la Iglesia es en cierto modo el Reino de Cristo (o sea, el Reino de Dios): “La Iglesia o Reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo.” (Lumen Gentium, n. 3). La expresión “en misterio” significa que la presencia del Reino de Dios en la Iglesia es sacramental (la palabra griega “mysterion” fue traducida al latín como “sacramentum”). La Iglesia terrestre es el Reino de Dios en germen; la Iglesia celestial es el Reino de Dios en plenitud.

Consideremos ahora la segunda parte de la frase analizada:
en ese barco (del Reino) entramos todos”.

La tradición católica ha comparado a menudo a la Iglesia con una barca, y particularmente con el arca de Noé, por medio de la cual ocho personas (Noé y su esposa, sus tres hijos y sus respectivas esposas) se salvaron de las aguas del diluvio universal. Por eso las pilas bautismales tienen generalmente una base octogonal. Por la fe y el bautismo entramos a la barca de la Iglesia, de la cual el arca de Noé fue signo, figura y anticipo. Todos estamos invitados a entrar a esa barca, pero la entrada no es incondicional o indiscriminada, sino que tiene determinadas exigencias, que podemos resumir en la virtud de la fe, cuyo dinamismo se despliega en las otras dos virtudes teologales: esperanza y caridad.

El Concilio Vaticano II mantiene firmemente el dogma católico que dice que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, pero no le da una interpretación exclusivista (como si sólo los católicos pudieran salvarse), sino una interpretación inclusivista, que se comprende mejor mediante una formulación positiva de ese dogma (en lugar de la tradicional formulación negativa): “donde hay salvación, allí está la Iglesia”.

Esto está muy claro en otra conocida expresión del Concilio Vaticano II:
"La Iglesia (es)... sacramento universal de salvación" (Lumen Gentium, n. 48).

Nótese que no se dice que la Iglesia es "sacramento de salvación universal", como si todos estuviéramos predestinados a la salvación, lo queramos o no. “(Dios) quiere que todos los hombres se salven" (1 Timoteo 2,4), pero Él no nos salvará si nos empeñamos en rechazarlo hasta el fin.

Se dice, en cambio, que la Iglesia es "sacramento universal de salvación". Es decir: la Iglesia es el sacramento global, el sacramento de los sacramentos, el sacramento que reúne en sí todos los sacramentos de salvación. Todos los que se salvan, se salvan de algún modo por medio de la Iglesia, aunque la relación con la Iglesia de los no cristianos salvados es misteriosa, no siempre históricamente perceptible. Recordemos, además, que el sacramento no es un signo cualquiera, sino un signo eficaz, que realiza lo que significa.

En resumen, el Reino de Dios (o sea, la comunión de los hombres con Dios y entre sí) es el objeto de la misión salvífica de Cristo y de la Iglesia. En cambio, la Iglesia misma, institución divina y humana, Esposa de Cristo, es el sujeto social en el cual ese objeto se cumple, por la gracia de Dios.

Lamentablemente, opiniones como la aquí comentada, de sesgo relativista, se han difundido mucho en la Iglesia Católica. De ahí la gran relevancia de la excelente y muy oportuna Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvíficas de Cristo y de la Iglesia, publicada en el año 2000 por la Congregación para la Doctrina de la Fe (presidida por el Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI), con la aprobación del Papa Juan Pablo II. Esa Declaración salió al paso de errores semejantes al error que he señalado aquí.

martes, setiembre 29, 2009

Fe y Razón cumple 10 años - Entrevista en InfoCatólica

Ayer el portal español InfoCatólica publicó una entrevista a Daniel Iglesias Grèzes, uno de los tres fundadores y responsables del sitio web "Fe y Razón". Dicha entrevista está centrada en el tema del 10º aniversario de "Fe y Razón". Se puede acceder a ella haciendo clic en el título de esta entrada.

sábado, setiembre 26, 2009

Jornada Conmemorativa del 10° aniversario de Fe y Razón


Tenemos el agrado de informar que el miércoles 4 de noviembre de 2009, de 19:00 a 22:00, en el Aula Magna “Pablo VI” de la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler” (San Juan 2666 casi San Fructuoso - Montevideo), tendrá lugar la Jornada Conmemorativa del 10° aniversario de Fe y Razón (www.feyrazon.org), bajo el lema “Hacia una nueva evangelización de la cultura”.

Este evento académico, el primero que organiza el Centro Cultural Católico “Fe y Razón”, comenzará con unas palabras de bienvenida a cargo del Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Rector de la Facultad de Teología del Uruguay, y continuará con diversas ponencias, a cargo de los siguientes expositores: Pbro. Dr. Miguel Barriola (Miembro de la Pontificia Comisión Bíblica), Dr. Pedro Gaudiano (Docente de la Facultad de Teología del Uruguay), Dr. Gustavo Ordoqui (Miembro de la Pontificia Academia Pro Vida), Pbro. Miguel Pastorino (Director del Departamento de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Montevideo), Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez y Diác. Jorge Novoa (Co-Directores de Fe y Razón).

Haciendo clic en el título de esta entrada, se accede a la agenda completa del evento.

Desde ya invitamos cordialmente a la Jornada a todos los lectores y amigos de Fe y Razón.

Equipo de Dirección de Fe y Razón

sábado, setiembre 19, 2009

Sobre esta Roca


Daniel Iglesias Grèzes

La apologética es la ciencia que demuestra racionalmente la credibilidad de la fe y defiende a la fe de los ataques que pretenden invalidarla o desestimarla. Lamentablemente, después del Concilio Vaticano II la apologética católica sufrió un eclipse muy notorio y casi generalizado, debido a influjos protestantizantes y liberalizantes en el pensamiento católico. Los protestantes tienden a ver a la apologética como una de las “obras” humanas -contrapuestas a la gracia de Dios y a la fe (“sola gracia” y “sola fe” son principios protestantes)- que no pueden contribuir a la salvación del hombre. Los liberales tienden a ver a la apologética como un intento intolerante o fanático de imponer la propia fe a los no creyentes, opuesto al espíritu de diálogo y a la convivencia pacífica. En la perspectiva católica, en cambio, el hombre contribuye a la obra divina de la redención, por medio de su respuesta libre a la gracia de Dios (respuesta que, también ella, si es positiva, es obra de la gracia); y resulta sumamente lógico y “natural” que el cristiano procure compartir con los demás la alegría de la fe y la esperanza de la salvación, sin recurrir a violencia alguna, confiando en la fuerza intrínseca de la verdad revelada por Dios en Cristo.

La Providencia ha querido preservar a la Iglesia Católica en los Estados Unidos de América de la aludida crisis general de la apologética católica. En realidad, en Estados Unidos la apologética católica no sólo ha sido conservada, sino que ha vuelto a florecer en las últimas décadas, por medio de las obras de Karl Keating, Scott Hahn y muchos otros magníficos apologistas católicos. En este artículo quiero comentar brevemente un libro de uno de los principales exponentes del vibrante ambiente de la apologética católica norteamericana: Stephen K. Ray, Upon this Rock. St. Peter and the Primacy of Rome in Scripture and the Early Church, Ignatius Press, San Francisco, 1999.

Stephen K. Ray, un protestante evangélico convertido al catolicismo, considera a la autoridad eclesiástica como el problema central que separa a los protestantes de los católicos. En este libro, Ray presenta de un modo sintético pero muy completo los principales testimonios de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia acerca del primado de Pedro y del Papa en la Iglesia de Cristo. Los argumentos presentados por Ray son muy fuertes y convincentes, al punto que la lectura de este libro ha impulsado a unos cuantos protestantes a convertirse al catolicismo.

El libro en cuestión tiene tres partes. La Parte 1 contiene un estudio bíblico y un estudio histórico sobre el Apóstol Pedro y una refutación de los argumentos protestantes contra el primado de Pedro. La Parte 2 trata sobre la continuación del primado de Pedro en la Sede de Roma, mostrando que los documentos de los primeros cinco siglos de la era cristiana revelan de un modo abrumador una visión católica del primado del Papa (el Obispo de Roma) en la Iglesia universal, primado no sólo de honor, sino también de jurisdicción. En la Parte 3 el autor presenta la enseñanza actual de la Iglesia Católica sobre el primado del Papa y su concordancia con la doctrina de la Iglesia de los Apóstoles y de los Padres. Además el libro contiene dos apéndices. El Apéndice A es una lista cronológica de los Papas. El Apéndice B (una de las partes más interesantes del libro) presenta las bases vétero-testamentarias del primado y de la sucesión de San Pedro.

Dado que es imposible resumir en un breve artículo como éste toda la riqueza de la información contenida en esta obra, me limitaré a presentar algunos aspectos de la moderna exégesis del célebre pasaje del Evangelio en el cual Jesucristo designa a Pedro como cabeza visible de Su Iglesia:

“Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»” (Mateo 16,13-19).

A continuación resumo algunos de los puntos desarrollados por Ray en el libro citado:

1. El lugar elegido por Jesús para suscitar la confesión de Pedro es altamente significativo. La ciudad de Cesarea de Filipo estaba ubicada sobre una montaña alta y escarpada, coronada por un templo que el rey Herodes mandó construir en honor al emperador romano César Augusto, junto a un abrupto acantilado rocoso. Debajo de ese acantilado hay una inmensa caverna, de la cual fluye un río. Esa cueva era un antiguo santuario pagano dedicado a Pan, el dios de los pastores y los rebaños de la antigua Grecia. De ahí que esa ciudad se llamara anteriormente Paneas. Jesús, el verdadero Dios de los pastores y los rebaños, eligió precisamente ese lugar para establecer el fundamento de su reino divino, en oposición al reino mundano de los emperadores romanos, que pretendían ser adorados como dioses. El río que nace bajo la gran roca de Cesarea de Filipo (símbolo del apóstol Pedro, la Roca de la Iglesia) es el Jordán, símbolo de la vida de la gracia y la salvación transmitida por la Iglesia de Cristo.

2. En griego (el idioma en que está escrito el Evangelio de Mateo), “Pedro” (“Petros”) y “piedra” (“petra”) son la misma palabra. “Petros” es la forma femenina de “petra”. Además, en arameo (el idioma hablado por Jesús y los Apóstoles), ambas expresiones corresponden a la misma palabra (“Kepha”, transliterada al griego como “Cephas”). “Pedro” no existía como nombre antes de Cristo. Hoy se reconoce como evidente que Jesús empleó un juego de palabras para cambiar el nombre de Simón Bar-Jona por el de Pedro, para significar un cambio de su misión. Los cambios de nombre tenían gran importancia en la cultura del antiguo Israel. El precedente bíblico principal es el caso de Abram (“padre”), a quien Dios renombró como Abraham (“padre de naciones”).

3. Las llaves eran bienes muy escasos e importantes en el antiguo Oriente. Eran un gran símbolo de poder. La concesión a Pedro de “las llaves del Reino de los Cielos” equivalen indudablemente al nombramiento de Pedro como Mayordomo de la Casa Real de Jesucristo, el Rey Mesías. Los precedentes bíblicos principales son el nombramiento de Eliakim como Mayordomo Real de la Casa de David en Isaías 22 y el de José como Visir de Egipto en Génesis 41. En los reinos del antiguo Oriente, los mayordomos reales no eran vulgares porteros, sino algo así como primeros ministros o representantes plenipotenciarios del rey. El cargo de mayordomo real era permanente, sujeto a sucesión.

4. Las expresiones “atar” y “desatar”, que hoy nos parecen un tanto oscuras, eran muy comunes en la literatura rabínica y su significado era clarísimo para los judíos contemporáneos de Jesús: “atar” equivale a prohibir o sancionar, mientras que “desatar” equivale a permitir o absolver. Jesús concede aquí a Pedro la suprema autoridad legislativa y judicial dentro de la Iglesia, Reino de Cristo.

Con base en estas y otras razones semejantes, eminentes teólogos protestantes de nuestra época (como Oscar Cullman, W. F. Albright y otros) reconocen que la exégesis católica tradicional de Mateo 16,13-19 es correcta y que los intentos protestantes de negar el primado de Pedro en la Iglesia apostólica se deben a prejuicios confesionales y equivalen a tratar de negar algo evidente.

viernes, setiembre 18, 2009

“Obrar la verdad” (Josef Pieper)


La prudencia, como base formal y “madre” de todas las virtudes humanas, es el troquel delicado pero firme de nuestro espíritu, que moldea el conocimiento de la realidad transformándolo en ejecución del bien. Encierra en sí la humildad del escuchar silencioso, es decir imparcial, la íntima fidelidad de la memoria, el arte de dejarse informar de algo, la serenidad ante lo inesperado. La prudencia es gravedad pausada y, por decirlo así, filtro de la reflexión, a la par que audacia frente a lo definitivo del decidir. Denota nitidez, rectitud, apertura, imparcialidad de ánimo por encima de todos los enredos y utilitarismos únicamente “tácticos”.

La prudencia es, como escribe Paul Claudel, la “sabia proa” de nuestra idiosincracia orientada a la perfección en la diversidad de lo finito.

En la virtud de la prudencia se cierra y sujeta el anillo de la vida activa de modo perfecto: al captar la realidad, el hombre interviene en ella, realizándose al propio tiempo a sí mismo en lo decidido y hecho. La hondura de todo esto se revela en una sentencia aparentemente extraña de Tomás de Aquino, según la cual la prudencia, virtud soberana del “gobierno” de la vida, consuma la dicha suprema del hacer.

La prudencia es esa luz de la existencia moral de la que uno de los libros más sabios del Oriente dice que le es rehusada a todo aquel que “se contempla a sí mismo”.

Hay una firmeza sombría y otra luminosa. La prudencia es la firmeza clara del que se ha decidido a “obrar la verdad” (Jn 3,21).

(Josef Pieper, Antología, Editorial Herder, Barcelona, 1984, pp. 65-66).

jueves, setiembre 10, 2009

Un encuentro con Dios


Daniel Iglesias Grèzes

Breve reseña del libro: André Frossard, Dios existe. Yo me lo encontré, Ediciones Rialp.

Dios quiere la salvación de todos y, de muchas maneras, busca cada día el encuentro con cada uno de nosotros. En algunas ocasiones, el encuentro con Dios en Cristo ocurre de manera súbita, con la fuerza de un rayo: una luz venida del cielo derribó a Saulo en el camino de Damasco (Hechos 9,3ss). Ese encuentro con Cristo resucitado convirtió al fariseo Saulo –perseguidor de los cristianos- en el Apóstol San Pablo.

Este libro de André Frossard, magníficamente bien escrito, es el conmovedor testimonio de una conversión instantánea. El autor narra con fineza y ternura la historia de su vida: educado en el ateísmo (“Éramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo”), a los veinte años Frossard encontró bruscamente a Dios “en una dulce y silenciosa explosión de luz”, cuando entró, para buscar a un amigo, a un templo católico de París. Ese encuentro operó en él una transformación espectacular: el muchacho insolente y rebelde se volvió un ser alegre, dulce y asombrado. Frossard nos dice en este libro, con la misma sorpresa del día de su conversión: “Dios existe, yo me lo encontré”. Mucho más que estar seguro de la existencia de Dios, le costó acostumbrarse a que Dios existía.

En el comienzo y en el centro de la vida cristiana está un acontecimiento: el encuentro con Cristo. Escuchemos a Frossard contar la forma que revistió ese encuentro en su caso:

“Estamos a 8 de julio. El verano es magnífico… No tengo penas de amor… No tengo angustias metafísicas… En fin, no siento curiosidad alguna por las cosas de la religión, que pertenecen a otra época.

Son las cinco y diez. Dentro de dos minutos seré cristiano.”

miércoles, setiembre 09, 2009

Recomenzar desde Cristo


Daniel Iglesias Grèzes

Según datos publicados en 1993 por la Vicaría Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo, el promedio de los participantes de la Misa dominical en Montevideo en los tres años anteriores fue de unas 48.000 personas. Esto significa que sólo un 3,5% de los montevideanos participaba de la Misa dominical. No parece que ese porcentaje haya aumentado desde entonces.

Ese bajo porcentaje expresa el cambio ocurrido en nuestra ciudad y en la mayor parte de Occidente durante los últimos 50 años. Las estadísticas demuestran que los cristianos hemos vuelto a ser una minoría en una ciudad y un mundo descristianizados.

Habría mucho para reflexionar acerca de las causas de la caída numérica de los fieles católicos practicantes o militantes. Los “integristas” culpan de esa caída al Concilio Vaticano II y sus novedades, mientras que los “progresistas” no se preocupan mayormente de ella y piensan que la Iglesia nunca ha estado mejor que ahora, salvo en los primeros tres siglos de la era cristiana. Por mi parte, pienso que el porcentaje citado es preocupante y que refleja una crisis de fe. En unión con el Magisterio de la Iglesia, me adhiero al Concilio Vaticano II, pero pienso que éste ha sido a menudo mal aplicado por muchos en el período post-conciliar (sobre todo en los primeros 20 años: 1965-1985).

Sabemos que Cristo está siempre presente en Su Iglesia y que ella ha de participar plenamente del triunfo de su Señor y Esposo al final de los tiempos; pero no sabemos a través de qué vicisitudes históricas deberá pasar la Iglesia antes de alcanzar ese triunfo final. Puede ocurrir que una generación de cristianos no esté a la altura de los desafíos que su época plantea a su fe.

No cabe añorar un imposible regreso hacia atrás, hacia la cristiandad perdida. Incluso cabría sospechar que esa cristiandad no era tan sólida como parecía, puesto que, en algunos casos (por ejemplo en Holanda) se desmoronó con tanta rapidez. La vida cristiana es a la vez un don y una lucha o combate espiritual. Tenemos que volver a empezar nuestra lucha, llenos de esperanza. ¿Y desde dónde podríamos recomenzar sino desde Cristo, que se nos da totalmente en la Eucaristía, a la cual el Concilio Vaticano II llama fuente y cumbre de la vida eclesial (cf. Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, n. 10)? Ya lo dijo el Señor en la Última Cena: “separados de mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5). Si nos alejamos de Cristo, nuestros proyectos se convierten en simples utopías humanas, inalcanzables o decepcionantes.

Volvamos pues a la fuente de la Gracia, al Pan de Vida que alimenta nuestra fe y nos da la fuerza necesaria para seguir a Jesucristo y cumplir nuestra vocación y misión. Recomencemos desde ese 3,5%: desde la comunión con Cristo.

martes, setiembre 08, 2009

13ª regla para sentir con la Iglesia (San Ignacio de Loyola)


“Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina (*); creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.”

*) (…) Nótese que Ignacio no dice que debamos creer que es negro lo que es blanco, sino “lo blanco que yo veo”… No se trata, pues, de negar la evidencia natural o moral, sino de no absolutizar la realidad tal como es aprehendida por el hombre falible. Ignacio demuestra su adhesión al magisterio de la Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo.

(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Introducción, texto, notas y vocabulario por Cándido de Dalmases, S.I., 2ª edición, Editorial Sal Terrae, Santander, 1990, p. 183).