domingo, octubre 09, 2005

Las cosas pequeñas

"El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es infiel en lo poco, también lo es en lo mucho" (Lucas 16,10).

Pocas veces en la vida se nos presenta la oportunidad de realizar actos extraordinarios de heroísmo; pero todos los días podemos probar nuestra fidelidad al Evangelio en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

La ley de Cristo es una ley de amor. Y el amor cristiano es un amor práctico. No se trata meramente de un amor idealista por la humanidad, sino de un servicio abnegado por los seres humanos concretos. La ley cristiana del amor tiene consecuencias muy precisas: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos" (Juan 14,15). Si en verdad queremos ser fieles cristianos, debemos procurar poner en práctica todos los mandamientos del Señor, aun los más pequeños. Deberíamos, por ejemplo:

· Rechazar toda forma de superstición.
· Devolver lo que nos han prestado o lo que nos han dado por error.
· Pagar todos los impuestos y los aportes a la seguridad social que nos correspondan.
· No copiar en las pruebas o exámenes.
· Cumplir el horario de trabajo.
· Ser puntuales y perseverantes.
· Rechazar los espectáculos de contenido inmoral.
· Respetar a los otros en nuestros pensamientos, palabras y obras.
· No criticar a los demás sin necesidad.
· Ser amables con todos, comenzando por casa.

La práctica de las virtudes "menores" por amor a Dios y al prójimo fortalecerá en nosotros los criterios y las actitudes auténticamente cristianos. Por la gracia de Dios, esa práctica nos ayudará a hacer crecer nuestros "talentos" y a progresar en el seguimiento de Cristo. Ojalá que un día podamos escuchar a Nuestro Señor diciéndonos estas palabras: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." (Mateo 25,21).

Daniel Iglesias Grèzes

sábado, octubre 08, 2005

Religión y política

“Los cristianos se apartan de su deber, ... no cuando actúan como miembros de una comunidad, sino cuando lo hacen por fines temporales o de manera ilegal; no cuando adoptan la actitud de un partido, sino cuando se disgregan en muchos. Si los creyentes de la Iglesia primitiva no interfirieron en los actos del gobierno civil, fue simplemente porque no disponían de derechos civiles que les permitiesen legalmente hacerlo. Pero donde tienen derechos la situación es distinta, y la existencia de un espíritu mundano debe descubrirse no en que se usen estos derechos, sino en que se usen para fines distintos de los fines para los que fueron concedidos. Sin duda pueden existir justamente diferencias de opinión al juzgar el modo de ejercerlos en un caso particular, pero el principio mismo, el deber de usar sus derechos civiles en servicio de la religión, es evidente. Y puesto que hay una idea popular falsa, según la cual a los cristianos, en cuanto tales, y especialmente al clero, no les conciernen los asuntos temporales, es conveniente aprovechar cualquier oportunidad para desmentir formalmente esa posición, y para reclamar su demostración. En realidad, la Iglesia fue instituida con el propósito expreso de intervenir o (como diría un hombre irreligioso) entrometerse en el mundo. Es un deber evidente de sus miembros no sólo asociarse internamente, sino también desarrollar esa unión interna en una guerra externa contra el espíritu del mal, ya sea en las cortes de los reyes o entre la multitud mezclada. Y, si no pueden hacer otra cosa, al menos pueden padecer por la verdad, y recordárselo a los hombres, infligiéndoles la tarea de perseguirlos.”

John Henry Newman, Los arrianos del siglo IV.

jueves, octubre 06, 2005

¿”Sola Escritura”?

Daniel Iglesias Grèzes

Uno de los principios esenciales del protestantismo, formulado por el propio Martín Lutero, es el principio de la “sola Scriptura” (sola Escritura): La Divina Revelación es transmitida de un modo auténtico únicamente a través de la Sagrada Escritura (es decir, la Biblia), sin la Sagrada Tradición.

Dejo planteados los siguientes cuestionamientos en torno a dicho principio, para la reflexión de nuestros hermanos protestantes:

1. El principio protestante de la “sola Escritura” no se encuentra enunciado en la Biblia. Entonces, ¿no es acaso un principio auto-contradictorio?

2. ¿Cómo sabes que la Biblia es Palabra de Dios? ¿Te basta con que ella misma diga que lo es? En última instancia, ¿es la Biblia la que hace creíble a Jesucristo o es Jesucristo el que hace creíble a la Biblia?

3. La Biblia no dice cuáles son los libros inspirados por Dios. Entonces, ¿cómo conoces el canon, es decir la lista de los libros que integran la Sagrada Escritura? ¿Con qué derecho Martín Lutero eliminó siete libros del canon de la Biblia?

4. Según la gran mayoría de los estudiosos del Nuevo Testamento, pasaron al menos veinte años desde la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo hasta el momento en que comenzó a ser escrito el Nuevo Testamento y alrededor de cincuenta años más hasta que terminó su composición. Entonces, ¿cómo se transmitió la Revelación cristiana durante todo ese período?

5. ¿Qué garantías tienes de haber comprendido correctamente la Divina Revelación transmitida por escrito en la Sagrada Escritura si la Iglesia no tiene la potestad de interpretarla con la autoridad de Cristo? ¿Para qué sirve una Revelación infalible que sólo puede ser interpretada de un modo falible?

6. El principio protestante del “libre examen” (la libre interpretación personal de la Biblia) no está enunciado en la Biblia. Entonces, ¿no es acaso contradictorio con el principio protestante de la “sola Escritura”?

7. La Biblia dice que Jesús prometió que los poderes del infierno no prevalecerían contra la Iglesia fundada por Él sobre la piedra que es Pedro. Entonces, ¿cómo es posible que, según el punto de vista protestante, la Iglesia de Cristo haya claudicado sustancialmente durante muchos siglos?

8. La Biblia dice que Jesús enseñó que el hombre que repudia a su mujer y se une con otra comete adulterio. Entonces, ¿por qué los protestantes admiten el divorcio?

9. La Biblia dice que Jesús, al instituir la Eucaristía en la Última Cena, afirmó: "Esto es mi Cuerpo". Entonces, ¿por qué muchos protestantes no creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía?

10. [Esta última pregunta es sólo para adventistas del séptimo día]. La Biblia dice que el Concilio de Jerusalén narrado en los Hechos de los Apóstoles, al determinar cuáles normas de la religión judía eran obligatorias para los gentiles convertidos al cristianismo, no incluyó la observancia del sábado. Entonces, ¿por qué los adventistas del séptimo día sostienen que es necesario observar el sábado en lugar del domingo, día de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo?

Como se puede apreciar, los seis primeros puntos de esta lista plantean cuestionamientos de índole general, mientras que los últimos cuatro plantean cuestionamientos de índole particular. No habría mayores dificultades para multiplicar los cuestionamientos de esta última clase.

jueves, setiembre 29, 2005

Oración de la noche

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador.
Amén.

Liturgia de las Horas, Tiempo de Adviento, Oraciones de la noche, II

miércoles, setiembre 28, 2005

El lugar de la religión en el espacio público

Breve reseña del libro:

Pablo da Silveira - Susana Monreal, Liberalismo y jacobinismo en el Uruguay batllista. La polémica entre José E. Rodó y Pedro Díaz. Taurus, Montevideo 2003, 226 pp.

"En el año 1906, el gobierno uruguayo ordenó eliminar los crucifijos de los hospitales públicos. La medida generó el rechazo de la opinión católica, pero además fue criticada por el escritor, periodista y varias veces legislador José Enrique Rodó.
Las razones de Rodó para oponerse al retiro de los crucifijos se basaban en el tipo de secularización que se estaba imponiendo en el país. En nombre de la tolerancia, argumentaba Rodó, estamos introduciendo una forma de intolerancia particularmente peligrosa.
Su punto de vista fue contestado por el abogado, ensayista y también ocasional legislador Pedro Díaz, una de las principales voces del anticlericalismo en el Uruguay de la época. Esta respuesta dio lugar a su vez a una serie de "contrarréplicas" que Rodó publicó en la prensa.
¿Por qué volver a un debate ocurrido hace casi un siglo y motivado por un acontecimiento ya olvidado? En primer lugar, porque el tema de fondo es de gran actualidad: Se trata de definir el lugar de las convicciones religiosas en el espacio público de una sociedad plural. En segundo lugar, porque esta polémica nos ayuda a reflexionar sobre las características de nuestra propia cultura política.
El volumen, que presenta el intercambio en sus textos originales, se abre con dos ensayos introductorios. El primero, desde la historia, se propone recordar quién era Pedro Díaz y cuál era el movimiento de ideas que representaba. El segundo, desde la filosofía política, procura aportar elementos para una lectura contemporánea del debate." (o.c., contratapa).

"Si nuestra historia política está cargada de elementos típicamente jacobinos, es probable que los vaivenes del presente reflejen nuestras propias dificultades para relacionarnos con ese legado. Y también es probable que al menos parte de esas dificultades se deban al modo en que nos vemos a nosotros mismos: creemos ser herederos de una cultura política liberal, y en realidad somos herederos de una cultura fuertemente cargada de jacobinismo. Creemos ser hijos de Locke y de Madison, pero en realidad somos hijos de Rousseau." (o.c., p. 107).

Pablo da Silveira es Doctor en Filosofía por la Universidad de Lovaina (Bélgica), Profesor de Filosofía Política y Vicerrector Académico de la Universidad Católica del Uruguay.

Susana Monreal es Doctora en Ciencias Históricas por la Universidad de Lovaina (Bélgica), Directora del Instituto de Historia y Secretaria General de la Universidad Católica del Uruguay.

Empezando el día

Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque, se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse, saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse. Y así durante un cuarto de hora.
Si los miráramos desde lejos podríamos creer que están rezando.
Actualmente a nadie le extraña que el hombre sirva cada día a su cuerpo con paciencia y atención.
Pero qué ofendidos estarían todos si sirviera de esta manera a su espíritu.
No, no era una oración. Era la gimnasia matutina.

Alejandro [Alexander] Solyenitzin, Cuentos en miniatura, Emecé Editores, Buenos Aires 1968, p. 15.

Dios puede hacer milagros

Según la teología católica, el milagro tiene los siguientes tres aspectos:

· Es una obra trascendente que supone una intervención especial de la causalidad divina.
· Es un prodigio que provoca la admiración del hombre.
· Es un signo revelador que Dios dirige a los hombres.

El racionalismo -que, pretendiendo apoyarse en la ciencia, intenta eliminar a Dios y a lo sobrenatural de la escena del mundo- rechaza enérgicamente a priori el milagro como obra trascendente, considerándolo imposible (por ser auto-contradictorio), increíble (por ser el universo autosuficiente) o inconveniente (porque sería indigno de Dios violar las leyes que Él mismo ha establecido). La actitud racionalista es una visión totalitaria que hace de la razón humana árbitro de todo, incluso de la acción divina, de lo que Dios puede o debe hacer.

Los racionalistas generalizan indebidamente su experiencia, limitada en el tiempo y en el espacio. Incluso si su experiencia fuese universal y exhaustiva, esto no probaría que el milagro es imposible. De que no haya habido milagros en el pasado no se puede inferir que no los habrá en el futuro. E incluso si no hubiese habido ningún milagro en el pasado y se pudiese saber que en el futuro tampoco lo habrá, esto no probaría que el milagro es imposible. Para Dios sólo es imposible lo que implica contradicción. Pero el milagro no implica contradicción; no es en modo alguno absurdo. Para probar la imposibilidad del milagro habría que demostrar antes que Dios no existe. Tampoco es válido el argumento basado en que los milagros no han sido probados. Aunque esto fuera verdad, no permitiría deducir que los milagros no pueden existir.

Dios no es objeto de experiencia sensible. Pero de ahí no se deduce que no exista el orden sobrenatural. La existencia de Dios no implica contradicción alguna con las ciencias cuyo objeto es lo que existe en nuestra experiencia. Negar la existencia del orden sobrenatural porque no lo hemos visto nunca constituye un positivismo grosero.

La filosofía cristiana permite fundamentar racionalmente la posibilidad del milagro. Dios, Creador y Señor del universo, puede intervenir libremente en los acontecimientos del mundo. Dios es causa universal y no ha creado el mundo por una necesidad de su naturaleza. La libertad de Dios no se agota en el solo acto de la primera creación. Es infinita, imprevisible e inagotable en la gratuidad de sus iniciativas. El universo está abierto y subordinado a la acción trascendente de Dios. Por lo tanto, Dios puede sobrepasar libremente las causalidades naturales, interviniendo en la red de causas particulares; pero sólo Él es capaz de hacerlo y, propiamente hablando, no hay milagro que no provenga de Dios. El milagro es una intervención de Dios en el mundo situada entre la primera creación y la transformación final de todo.

El hecho milagroso tiene su lugar en el orden providencial. Es compatible con el plan providencial según el cual Dios ordena todas las criaturas a su fin último. Supera todo el orden de la naturaleza creada, pues proviene de un orden más elevado, el de la gracia sobrenatural, que tiende a manifestar. El milagro es, pues, un signo perceptible, en el cual el orden de la naturaleza es superado en vista del orden de la gracia. Es un signo de la gracia de la salvación dentro del cosmos.

domingo, setiembre 25, 2005

Fe y Razón

Los invito a visitar Fe y Razón ( http://www.feyrazon.org ), un sitio web de teología y filosofía que elaboramos tres católicos uruguayos.

Sagrada Familia de Nazareth

Sagrada Familia de Nazareth,
enséñanos el recogimiento, la interioridad;
danos la disposición de escuchar las buenas inspiraciones
y las palabras del verdadero Maestro;
enséñanos la necesidad del trabajo, de la preparación,
del estudio, de la vida interior personal,
de la oración que sólo Dios ve en lo secreto;
enséñanos lo que es la familia, su comunión de amor,
su belleza simple y austera
y su carácter sagrado e inviolable.
Amén.

Papa Pablo VI

Salmo 15

Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti;
yo digo al Señor: "Tú eres mi bien".
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con Él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.