viernes, setiembre 18, 2009

“Obrar la verdad” (Josef Pieper)


La prudencia, como base formal y “madre” de todas las virtudes humanas, es el troquel delicado pero firme de nuestro espíritu, que moldea el conocimiento de la realidad transformándolo en ejecución del bien. Encierra en sí la humildad del escuchar silencioso, es decir imparcial, la íntima fidelidad de la memoria, el arte de dejarse informar de algo, la serenidad ante lo inesperado. La prudencia es gravedad pausada y, por decirlo así, filtro de la reflexión, a la par que audacia frente a lo definitivo del decidir. Denota nitidez, rectitud, apertura, imparcialidad de ánimo por encima de todos los enredos y utilitarismos únicamente “tácticos”.

La prudencia es, como escribe Paul Claudel, la “sabia proa” de nuestra idiosincracia orientada a la perfección en la diversidad de lo finito.

En la virtud de la prudencia se cierra y sujeta el anillo de la vida activa de modo perfecto: al captar la realidad, el hombre interviene en ella, realizándose al propio tiempo a sí mismo en lo decidido y hecho. La hondura de todo esto se revela en una sentencia aparentemente extraña de Tomás de Aquino, según la cual la prudencia, virtud soberana del “gobierno” de la vida, consuma la dicha suprema del hacer.

La prudencia es esa luz de la existencia moral de la que uno de los libros más sabios del Oriente dice que le es rehusada a todo aquel que “se contempla a sí mismo”.

Hay una firmeza sombría y otra luminosa. La prudencia es la firmeza clara del que se ha decidido a “obrar la verdad” (Jn 3,21).

(Josef Pieper, Antología, Editorial Herder, Barcelona, 1984, pp. 65-66).

jueves, setiembre 10, 2009

Un encuentro con Dios


Daniel Iglesias Grèzes

Breve reseña del libro: André Frossard, Dios existe. Yo me lo encontré, Ediciones Rialp.

Dios quiere la salvación de todos y, de muchas maneras, busca cada día el encuentro con cada uno de nosotros. En algunas ocasiones, el encuentro con Dios en Cristo ocurre de manera súbita, con la fuerza de un rayo: una luz venida del cielo derribó a Saulo en el camino de Damasco (Hechos 9,3ss). Ese encuentro con Cristo resucitado convirtió al fariseo Saulo –perseguidor de los cristianos- en el Apóstol San Pablo.

Este libro de André Frossard, magníficamente bien escrito, es el conmovedor testimonio de una conversión instantánea. El autor narra con fineza y ternura la historia de su vida: educado en el ateísmo (“Éramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo”), a los veinte años Frossard encontró bruscamente a Dios “en una dulce y silenciosa explosión de luz”, cuando entró, para buscar a un amigo, a un templo católico de París. Ese encuentro operó en él una transformación espectacular: el muchacho insolente y rebelde se volvió un ser alegre, dulce y asombrado. Frossard nos dice en este libro, con la misma sorpresa del día de su conversión: “Dios existe, yo me lo encontré”. Mucho más que estar seguro de la existencia de Dios, le costó acostumbrarse a que Dios existía.

En el comienzo y en el centro de la vida cristiana está un acontecimiento: el encuentro con Cristo. Escuchemos a Frossard contar la forma que revistió ese encuentro en su caso:

“Estamos a 8 de julio. El verano es magnífico… No tengo penas de amor… No tengo angustias metafísicas… En fin, no siento curiosidad alguna por las cosas de la religión, que pertenecen a otra época.

Son las cinco y diez. Dentro de dos minutos seré cristiano.”

miércoles, setiembre 09, 2009

Recomenzar desde Cristo


Daniel Iglesias Grèzes

Según datos publicados en 1993 por la Vicaría Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo, el promedio de los participantes de la Misa dominical en Montevideo en los tres años anteriores fue de unas 48.000 personas. Esto significa que sólo un 3,5% de los montevideanos participaba de la Misa dominical. No parece que ese porcentaje haya aumentado desde entonces.

Ese bajo porcentaje expresa el cambio ocurrido en nuestra ciudad y en la mayor parte de Occidente durante los últimos 50 años. Las estadísticas demuestran que los cristianos hemos vuelto a ser una minoría en una ciudad y un mundo descristianizados.

Habría mucho para reflexionar acerca de las causas de la caída numérica de los fieles católicos practicantes o militantes. Los “integristas” culpan de esa caída al Concilio Vaticano II y sus novedades, mientras que los “progresistas” no se preocupan mayormente de ella y piensan que la Iglesia nunca ha estado mejor que ahora, salvo en los primeros tres siglos de la era cristiana. Por mi parte, pienso que el porcentaje citado es preocupante y que refleja una crisis de fe. En unión con el Magisterio de la Iglesia, me adhiero al Concilio Vaticano II, pero pienso que éste ha sido a menudo mal aplicado por muchos en el período post-conciliar (sobre todo en los primeros 20 años: 1965-1985).

Sabemos que Cristo está siempre presente en Su Iglesia y que ella ha de participar plenamente del triunfo de su Señor y Esposo al final de los tiempos; pero no sabemos a través de qué vicisitudes históricas deberá pasar la Iglesia antes de alcanzar ese triunfo final. Puede ocurrir que una generación de cristianos no esté a la altura de los desafíos que su época plantea a su fe.

No cabe añorar un imposible regreso hacia atrás, hacia la cristiandad perdida. Incluso cabría sospechar que esa cristiandad no era tan sólida como parecía, puesto que, en algunos casos (por ejemplo en Holanda) se desmoronó con tanta rapidez. La vida cristiana es a la vez un don y una lucha o combate espiritual. Tenemos que volver a empezar nuestra lucha, llenos de esperanza. ¿Y desde dónde podríamos recomenzar sino desde Cristo, que se nos da totalmente en la Eucaristía, a la cual el Concilio Vaticano II llama fuente y cumbre de la vida eclesial (cf. Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, n. 10)? Ya lo dijo el Señor en la Última Cena: “separados de mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5). Si nos alejamos de Cristo, nuestros proyectos se convierten en simples utopías humanas, inalcanzables o decepcionantes.

Volvamos pues a la fuente de la Gracia, al Pan de Vida que alimenta nuestra fe y nos da la fuerza necesaria para seguir a Jesucristo y cumplir nuestra vocación y misión. Recomencemos desde ese 3,5%: desde la comunión con Cristo.

martes, setiembre 08, 2009

13ª regla para sentir con la Iglesia (San Ignacio de Loyola)


“Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina (*); creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.”

*) (…) Nótese que Ignacio no dice que debamos creer que es negro lo que es blanco, sino “lo blanco que yo veo”… No se trata, pues, de negar la evidencia natural o moral, sino de no absolutizar la realidad tal como es aprehendida por el hombre falible. Ignacio demuestra su adhesión al magisterio de la Iglesia, regida y gobernada por el Espíritu Santo.

(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Introducción, texto, notas y vocabulario por Cándido de Dalmases, S.I., 2ª edición, Editorial Sal Terrae, Santander, 1990, p. 183).

domingo, setiembre 06, 2009

El Concilio Vaticano II y la condena de los errores


Daniel Iglesias Grèzes

El teólogo italiano Giuseppe Ruggieri integra la llamada “Escuela de Bolonia”, considerada por muchos como una destacada defensora de la “hermenéutica de la discontinuidad” (con respecto al Concilio Vaticano II). Dicha hermenéutica fue rechazada por el Papa Benedicto XVI en su discurso a la Curia Romana de fecha 22/12/2005. En este artículo comentaré un párrafo de un artículo de G. Ruggieri. Éste, adhiriéndose a una tesis del historiador John W. O’Malley SJ, dice lo siguiente:

“Abandonando el género jurídico-legislativo, tomado en préstamo de la tradición jurídica romana, de los concilios precedentes, que alcanzaban en los cánones de condena su punto álgido, el Concilio Vaticano II renunció a la condena de los errores y retomó de la antigüedad clásica el modelo del “panegírico”, que pinta un retrato ideal idóneo para suscitar admiración y apropiación.” (Giuseppe Ruggieri, Lucha por el Concilio, en: Cuadernos Vianney, Nº 25, Montevideo, Mayo de 2009, p. 41).

Veamos qué dice realmente la letra del Concilio Vaticano II acerca de este asunto.

En primer lugar, subrayo que el Vaticano II, al hablar del respeto y el amor debidos a los adversarios, trató explícitamente el tema de la condena de los errores en general, sosteniendo una tesis contraria a la de O’Malley y Ruggieri:

“Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.

Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.”
(Concilio Vaticano II, constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, n. 28; énfasis agregado por mí).

En segundo lugar, destaco que el Vaticano II practicó el criterio general recién expuesto, condenando explícitamente varios errores particulares. Veamos algunos ejemplos:

1. Condena del marxismo (1)

“Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.

La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza.”
(Ídem, nn. 20-21; énfasis agregado por mí).

2. Condena del secularismo

“Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia. (…)

Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. (…) Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.”
(Ídem, n. 36).

3. Condena del aborto, la esterilización y la anticoncepción

“El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba sobre la regulación de la natalidad.”
(Ídem, n. 51; énfasis agregados por mí).

4. Condena del falso irenismo en el diálogo ecuménico

“La manera y el sistema de exponer la fe católica no debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo para el diálogo con los hermanos. Es de todo punto necesario que se exponga claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que daña a la pureza de la doctrina católica y oscurece su genuino y definido sentido.” (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis Redintegratio, n. 11).

Por útimo, destaco que el Vaticano II se adhirió explícitamente a la doctrina de los Concilios de Trento y Vaticano I, solidarizándose así también, implícitamente, con sus anatemas:

“El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum, n. 1).

En síntesis: ciertamente es verdad que en el Concilio Vaticano II tuvo lugar un cambio en las formas de expresión de la doctrina católica, pero también lo es que ese cambio no afecta sustancialmente el sentido y el alcance de esa doctrina, incluyendo la condena de los errores graves en materia religiosa y moral, doctrina que es y permanece inmutable (cf. Papa Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Vaticano II, 11 de octubre de 1962). Aunque es verdad, como dijo el Beato Papa Juan XXIII, que hoy la Iglesia, al combatir los errores, “prefiere usar más el remedio de la misericordia que el de la severidad” (Íbidem), esto no implica renunciar a dicha severidad cuando es necesaria, ni mucho menos renunciar a combatir los errores.

La tesis de que el Concilio Vaticano II renunció a la condena de los errores sólo puede sostenerse apelando a un vago y falso “espíritu del Concilio” y olvidando su letra, en la cual se encarna su verdadero espíritu.

Por lo demás, el magisterio de los Papas post-conciliares siguió practicando con frecuencia la condena (es decir, el rechazo firme y severo) de los errores doctrinales y morales. Enumeraré sólo siete ejemplos, pero esta lista podría prolongarse mucho con suma facilidad:

a) La encíclica Humanae Vitae (Papa Pablo VI, 1968) condenó la anticoncepción.
b) La instrucción Libertatis Nuntius (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1984) condenó varios aspectos de la “Teología de la Liberación”.
c) La instrucción Donum Vitae (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1987) condenó la reproducción humana artificial.
d) La encíclica Centesimus Annus (Papa Juan Pablo II, 1991) renovó la condena del liberalismo y del socialismo.
e) La encíclica Veritatis Splendor (Papa Juan Pablo II, 1993) condenó varios errores en materia de teología moral fundamental.
f) La encíclica Evangelium Vitae (Papa Juan Pablo II, 1995) renovó solemnemente la condena del aborto y de la eutanasia.
g) La declaración Dominus Iesus (Congregación para la Doctrina de la Fe, 2000) condenó solemnemente varios errores que atentan contra la unicidad y la universalidad salvífica de Cristo y de la Iglesia.


*****

1) En ambos extremos del espectro teológico (tanto el del “progresismo” radical como el del “integrismo” de corte lefebvrista) se suele afirmar que el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo. Los progresistas radicales se congratulan de esa supuesta omisión del Vaticano II, mientras que los lefebvristas la deploran. Sin embargo, como atestigua claramente el texto citado a continuación, tal omisión no existió.

jueves, agosto 27, 2009

El regreso del conciliarismo

Daniel Iglesias Grèzes

Citaré y comentaré un texto del teólogo italiano Giuseppe Ruggieri, integrante de la llamada “Escuela de Bolonia”, considerada por muchos como una destacada defensora de la “hermenéutica de la discontinuidad” (con respecto al Concilio Vaticano II), hermenéutica que fue rechazada por el Papa Benedicto XVI en su discurso a la Curia Romana de fecha 22/12/2005:

“En esto el creyente común tiene mucha más confianza en el don de Dios de cuanta tengan los teólogos neoescolásticos como, por ejemplo, Denzinger y sus sucesores que, al publicar las decisiones del magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos, eliminaron el texto del concilio de Constanza referente a la relación entre el papa y el concilio, ya que les parecía estar en contradicción con las decisiones del Vaticano I. ¡Aún ahora, quien lea el famoso Denzinger, no encontrará reproducidas esas decisiones! El creyente que recita el credo todos los domingos durante la liturgia eucarística profesa, en cambio, su fe en el don del Espíritu que mantiene la iglesia en su unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad.” (Giuseppe Ruggieri, Lucha por el Concilio, en: Cuadernos Vianney, Nº 25, Montevideo, Mayo de 2009, pp. 38-39).

A continuación citaré los textos en cuestión del Concilio de Constanza y del Concilio Vaticano I, para que se pueda apreciar si son o no son contradictorios entre sí.

En primer lugar veamos lo que Justo Collantes denomina los dos “artículos conciliaristas de Constanza”:

“Y [la asamblea] declara, en primer lugar, que congregada legítimamente en el Espíritu Santo, formando concilio general y representando a la Iglesia católica, recibe la potestad inmediatamente de Cristo. Todos, de cualquier estado o dignidad que sean, incluso papal, están obligados a obedecerla en aquellas cosas que pertenecen a la fe y a la extirpación de dicho cisma y a la reforma de dicha Iglesia, tanto en la cabeza como en los miembros.

Declara, además, que todo aquel, de cualquier condición, estado o dignidad que sea, incluso la papal, que tercamente rehusara obedecer a los mandatos, determinaciones, ordenaciones o preceptos de este santo sínodo o de cualquier otro concilio general congregado legítimamente, en relación con lo que se ha hecho o debe hacerse en el futuro, si no entra en razón: se le someta a una penitencia conveniente y se le castigue con la pena debida; y se recurra (si fuera necesario) a otros medios que presta el derecho.”

(Concilio de Constanza, 6 de abril de 1415, FIC 664-665, en: Justo Collantes, La Fe de la Iglesia Católica. Las ideas y los hombres en los documentos doctrinales del Magisterio, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1986, 3ª edición, pp. 459-460).

En segundo lugar veamos los cuatro canónes de la constitución dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano I:

“(…) Si alguien, pues, dijere que el apóstol San Pedro no fue establecido por Cristo nuestro Señor jefe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia de la tierra; o que no recibió directa e inmediatamente de Cristo un primado de jurisdicción verdadera y propiamente dicha, sino sólo un primado de honor, sea anatema.

(…) Si alguno, pues, dijere que no es por institución del mismo Cristo-Señor, es decir, por derecho divino, el que San Pedro haya de tener perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es el sucesor de San Pedro en este primado, sea anatema.

(…) Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un cargo de inspección o de dirección, pero no una potestad plena y suprema de jurisdicción sobre la universal Iglesia, no sólo en aquellas cosas que pertenecen a la fe y costumbres, sino también en lo tocante a la disciplina y al gobierno de la Iglesia extendida por todo el mundo; o dijere que tiene la parte principal, pero no la plenitud de esa potestad suprema; o que su potestad no es ordinaria e inmediata, tanto en todas y cada una de las iglesias como en todos y cada uno de los pastores y fieles, sea anatema.

(…) Y si alguno tuviera la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definión [del dogma de la infalibilidad papal], sea anatema.”

(Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus, 18 de julio de 1870, FIC 686, 689, 695, 705; en: Justo Collantes, o.c., pp. 472-482).

El Concilio Vaticano I expone y desarrolla la doctrina tradicional del primado de Pedro y del Papa, “según la antigua y constante fe de la Iglesia universal” (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor aeternus, Proemio, FIC 683). Esta doctrina implica que la autoridad del Papa es superior a la autoridad de cualquier Concilio ecuménico o general.

En cuanto a los dos primeros de los famosos cinco artículos del Concilio de Constanza, hay dos formas de interpretarlos: pueden ser considerados como doctrinales o como circunstanciales:
· Considerados como doctrinales, expresan la doctrina errónea llamada “conciliarismo”, que sostiene que la autoridad máxima en la Iglesia es el Concilio general o ecuménico, no el Papa. El mismo Papa electo por el Concilio de Constanza (Martín V) rechazó, al terminar el concilio, el conciliarismo doctrinal, manteniendo así intacta la perpetua fe católica sobre el primado de Pedro y sus sucesores.
· Considerados como circunstanciales, carecen de un valor doctrinal general, pues estarían referidos a la situación muy excepcional sufrida en ese tiempo, en el peor momento del cisma de Occidente, cuando tres supuestos Papas (1) se disputaban el gobierno de la Iglesia.

A mi juicio la interpretación doctrinal es mucho más natural y plausible que la circunstancial, sobre todo porque el segundo artículo trasciende la circunstancia del cisma y establece, también para un futuro indefinido, la superioridad de los Concilios generales sobre los Papas. La interpretación circunstancial, más rebuscada, parece motivada por el deseo de evitar las complicaciones teológicas, históricas y canónicas de un Concilio ecuménico impulsado por una doctrina falsa (el conciliarismo). Sin embargo, más allá de los detalles, la explicación básica de lo que ocurrió es simple: Dios puede extraer el bien incluso del error y del mal. Como dice el sabio refrán popular, “Dios escribe derecho sobre renglones torcidos”. El Concilio de Constanza, pese a su eclesiología errónea, tuvo el gran mérito de poner fin al tremendo cisma de Occidente (2).

En cualquiera de las dos interpretaciones, parece atinada la decisión de Heinrich Denzinger y los continuadores de su obra (no siempre “teólogos neoescolásticos”: entre ellos figuran nada menos que Karl Rahner y Peter Hünermann), de no incluir los dos artículos citados del Concilio de Constanza en su compendio de textos de alto valor doctrinal. Justo Collantes sí los incluye en su propio compendio, pero aclara que lo hace por motivos más bien históricos: “Hechas estas advertencias, consignamos, a título de inventario, los artículos conciliaristas de Constanza.” (Justo Collantes, o.c., p. 459).

Dichos artículos fueron una expresión del error “conciliarista”, entonces en boga. De ahí, creo yo, la forma inteligente en que el Papa Martín V aprobó globalmente cuanto el Concilio de Constanza había determinado “conciliarmente” (conciliariter) en materia de fe. “En ningún caso [los cinco artículos] pueden considerarse como definitorios. El concilio estaba acéfalo; no estaban presentes los obispos representantes de los otros dos presuntos papas;… Es muy dudoso que con esta fórmula [de Martín V] quedaran aprobados los cinco artículos; pues ni se determinaron como de fe, ni conciliariter, ya que se votó por naciones, con ausencia de los italianos, y los cardenales expresaron su repulsa.” (Justo Collantes, o.c., pp. 458-459). En cuanto el Papa Martín V, elegido por el Concilio “más extraño de toda la historia de la Iglesia” (3), se sintió fuerte, reafirmó el primado papal, aunque sin rechazar el Concilio de Constanza, lo cual habría provocado, muy probablemente, un nuevo cisma. También a través de medios como éstos, tan “humanos” o diplomáticos, el Espíritu Santo mantiene indefectible la fe de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

En resumen: la contradicción entre el “conciliarismo” de Constanza y la doctrina tradicional del Vaticano I sobre el primado papal es bastante obvia. Uno se pregunta si el “sentimiento antirromano” de la teología católica progresista llegará hasta el extremo de querer resucitar la vieja herejía conciliarista (4) o si su tendencia anti-escolástica y anti-intelectualista llegará hasta el extremo irracional de aceptar sin chistar las más evidentes contradicciones.


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(1) Gregorio XII (el Papa legítimo, “romano”), Benedicto XIII (un antipapa, el “papa de Aviñón”) y Juan XXIII (otro antipapa, elegido por el concilio –autoconvocado- de Pisa, que pretendió resolver el problema del cisma y lo empeoró, pasándose de dos a tres “papas”).

(2) La solución llegó así: Gregorio XII reconoció la validez del Concilio de Constanza y renunció al Papado. Además, el Concilio de Constanza condenó y depuso a Benedicto XIII y a Juan XXIII (quien había convocado ese Concilio) y eligió Papa –por medio de un cónclave- al Cardenal Odón Colonna, quien tomó el nombre de Martín V.

(3) Philip Hughes, Síntesis de Historia de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona, 1986, p. 182. “Los frutos de cuarenta años de caos quedaron ahora de manifiesto. Las más disparatadas teorías sobre el principio de la autoridad eclesiástica parecía que iban a tener efecto cuando acudieron a la ciudad, además de los 185 obispos, 300 doctores en teología y derecho, 18.000 eclesiásticos más y una inmensa magnitud de magnates, príncipes y representantes de ciudades y corporaciones, hasta un número superior a los cien mil. (…) Todos los doctores tenían voto, lo mismo que los obispos, y las decisiones se tomaban, no computando los votos individuales, sino los votos de las naciones representadas en el concilio, que eran cinco: Italia, Francia, Inglaterra, Alemania y España. Cada una de ellas con derecho a un voto. Los cardenales, que juntos tenían derecho a un sexto voto, no tenían más autoridad que la de cualquier otro miembro particular de la propia nación.” (Íbidem). He aquí la realización de un sueño acariciado por muchos teólogos “progresistas”: la inclusión de los “doctores” en el Magisterio de la Iglesia, reservado por la doctrina católica ortodoxa al Papa y los Obispos. Sin embargo, algunos de ellos van más allá. Por ejemplo, Leonardo Boff y Clodovis Boff, en su libro “Como fazer Teologia da Libertacao” (Vozes, Petropolis, 1986), presentan un esquema de la Teología de la Liberación organizada en tres niveles: un nivel superior, “profesional”, a cargo de los profesores de teología; un nivel intermedio, “pastoral”, a cargo de los pastores y agentes pastorales; y un nivel inferior, “popular”, a cargo de las Comunidades Eclesiales de Base (o.c., pp. 25-28). ¡En este esquema el “magisterio de los teólogos” supera y orienta al Magisterio de los Obispos!

(4) Algunos observadores han alertado sobre el surgimiento de una tendencia conciliarista dentro del ala más radical del sector mayoritario de los Padres del Concilio Vaticano II. La Nota Explicativa Previa que el Papa Pablo VI mandó incorporar a la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium tuvo -entre otras- la virtud de reafirmar la doctrina católica sobre el primado del Papa, impidiendo toda interpretación conciliarista de las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la colegialidad episcopal, uno de sus principales desarrollos doctrinales.

martes, agosto 25, 2009

Una catequesis fraccionada (Joseph Ratzinger - Vittorio Messori)


Las confusiones que el Prefecto registra en la teología se traducen, para él, en graves consecuencias para la catequesis.

Dice él: “Una vez que la teología ya no parece transmitir más un modelo común de la fe, también la catequesis se expone al riesgo del fraccionamiento de las experiencias que cambian continuamente. Algunos catecismos y muchos catequistas no enseñan más la fe católica en su conjunto armónico, donde toda verdad presupone y explica la otra, sino que procuran volver humanamente “interesantes” –según la orientación cultural del momento- ciertos elementos del patrimonio cristiano. Algunos textos bíblicos son seleccionados por ser considerados “más próximos a la sensibilidad contemporánea”; otros, por el motivo opuesto, son dejados de lado. Por tanto, no más una catequesis que sea formación global para la fe, sino reflexiones y temas de experiencias antropológicas, parciales y subjetivas”.

A comienzos de 1983, Ratzinger pronunció en Francia una conferencia, que provocó mucho ruido, exactamente sobre la “nueva catequesis”. En aquella ocasión, con su acostumbrada claridad, dijo, entre otras cosas: “Fue un primer y grave error suprimir el catecismo, declarándolo “superado”. El hecho de que haya sido una decisión generalizada, en estos años, no impide que haya sido errónea o, por lo menos, apresurada”.

Él me repite ahora: “Es necesario recordar que, desde los primeros tiempos del cristianismo, surge un “núcleo” permanente e irrenunciable de la catequesis –por tanto, de la formación para la fe. Es el núcleo, por cierto, utilizado tanto por Lutero para su catecismo, como por el Catecismo Romano, decidido en Trento. Todo el discurso sobre la fe es organizado en torno de cuatro elementos fundamentales: el Credo, el Padre Nuestro, el Decálogo y los Sacramentos. Es ésta la base de la vida del cristiano, es ésta la síntesis de la enseñanza de la Iglesia, basada en la Escritura y en la Tradición. El cristiano encuentra en ellos aquello que debe creer (el Símbolo o Credo), esperar (el Padre Nuestro), hacer (el Decálogo) y el espacio vital en que todo eso se debe realizar (los Sacramentos). Ahora bien, esta estructura fundamental es abandonada en muchas catequesis de hoy, con los resultados, que constatamos, de disgregación del sensus fidei [sentido de la fe] en las nuevas generaciones, muchas veces incapaces de una visión de conjunto de su religión”.

En las conferencias francesas, él contó que había hablado con una señora, en Alemania, que le dijo que “el hijo, alumno de primer grado, estaba aprendiendo la “cristología de los logia del Kyrios”, pero no había oído hablar todavía de los siete sacramentos o de los diez mandamientos…”

Fuente: Joseph Ratzinger – Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo, 1985, Cap. V, pp. 50-51 (traducción del portugués de Daniel Iglesias Grèzes).

Nota: El libro citado es el resultado de una entrevista del periodista italiano Vittorio Messori al Cardenal Joseph Ratzinger, en ese entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hoy Papa Benedicto XVI. Dicho libro se publicó en español con el siguiente título: “Informe sobre la fe”.

lunes, agosto 24, 2009

La oración de Bartimeo


Daniel Iglesias Grèzes

“Y Jesús le dijo: ‘¿Qué quieres que te haga?’ El ciego le respondió: ‘Maestro, haz que yo vea’. Y Jesús: ‘Anda, que tu fe te ha curado’. Y de repente vio, y lo iba siguiendo por el camino.” (Marcos 10,51-52).

La sencilla y humilde súplica del ciego de Jericó (Bartimeo) conmovió a Jesús, porque fue dicha con fe. Entonces Jesús realizó el milagro: el ciego comenzó a ver y, lleno de gozo y de gratitud, siguió a Jesús por el camino.

El Evangelio es una fuente inagotable de verdad y de vida. Este simple episodio del Evangelio puede dar lugar a muchos comentarios e interpretaciones, no opuestas sino complementarias entre sí. De las muchas enseñanzas que se puede extraer del texto citado, mencionaré dos:

1. Cuando oremos, debemos hacerlo con fe. En particular, cuando pidamos algo al Señor en la oración, debemos pedirlo con fe. La fe, virtud capaz de mover montañas, era la condición exigida por Jesús a quienes le pedían que hiciera un milagro. “Tu fe te ha salvado” es una frase que encntramos varias veces en los Evangelios, en labios de Jesús. La fe en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, es lo que nos salva. Esta fe es a la vez un don gratuito de Dios y una respuesta libre de la persona humana.

2. Después de ser curado por Jesús, el ciego de Jericó no se alejó de Él sin siquiera agradecerle, como nueve de los diez leprosos curados por Jesús en otra ocasión. Bartimeo aprovechó muy bien el don de la vista, para seguir a Jesús por el camino. Es probable que haya escuchado sus enseñanzas y se haya convertido en uno de sus discípulos. La actitud de Bartimeo es un ejemplo para todos nosotros: nos invita a convertirnos en oyentes de la Palabra de Dios y en discípulos de Jesucristo, el Revelador del misterio del Padre.


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“Señor, que yo vea”

Señor:
· Que yo vea claramente la maldad de mis pecados y me arrepienta sinceramente de todos ellos.
· Que yo vea la vaciedad del egoísmo y comprenda que sólo “quien pierda su vida por amor al Evangelio se salvará”.
· Que yo vea la razón de mi existencia y comprenda el sentido de mi vida.
· Que yo vea Tu presencia en nuestro mundo y entienda que Tú nunca nos abandonas.
· Que yo vea lo que quieres de mí y me entregue por entero al cumplimiento de Tu voluntad.
· Que yo vea la grandeza de Tu amor y me decida a amarte con todas mis fuerzas y todo mi ser.
· Que yo vea Tu rostro en el rostro de mi prójimo y lo ame como a mí mismo.
· Que yo vea Tus huellas en el camino, para que también yo pueda seguirte.
· Que yo vea con fe el camino de la Cruz y me anime a seguirlo para encontrarte al término.
· Que yo vea un día la Jerusalén del Cielo y allí pueda contemplar eternamente Tu Gloria.

jueves, agosto 20, 2009

El Sagrado Corazón de Jesús y la victoria sobre el ateísmo (Bernhard Häring)


“Habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y se oscureció su insensato corazón. Diciendo ser sabios, se hicieron necios… Y como no procuraron tener conocimiento cabal de Dios, Dios los entregó a una mente depravada para hacer cosas indebidas, llenos de toda injusticia, malicia, perversidad, codicia, maldad; rebosantes de odio, de homicidio, de disputas, de engaño, de malignidad; chismosos, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, altaneros, soberbios, inventores de maldades, desobedientes a los padres, insensatos, desleales, sin amor y sin piedad.” (Romanos 1,21-22.28-31).

La devoción al Sagrado Corazón tuvo un período de grande esplendor antes y durante la revolución francesa, cuando una buena parte de las clases dirigentes de Francia y de las naciones limítrofes apostató de la fe en Cristo. La devoción al Corazón de Jesús fue vista como un llamamiento del amor misericordioso ante tanto extravío. La situación actual es todavía más dramática. El ateísmo se va difundiendo bajo múltiples formas.

El hombre se vuelve ateo cuando se separa práctica y teóricamente del Dios del amor. Una sociedad “sin amor y sin misericordia” se ha separado prácticamente de Dios, que es amor, aun antes de llegar a negarlo explícitamente.

La forma más vigorosa e impresionante de ateísmo es ciertamente el ateísmo dialéctico organizado, que opone a la fe cristiana en el Dios del amor una interpretación de la historia, que debería tener el propio motor en el odio y en la lucha de clases, que ve al hombre dentro de una vida económica llena de conflictos. Es, pues, un ateísmo “carente de amor y de misericordia”.

Dentro de esta forma organizada y agresiva de ateísmo y cerca de ella hay muchos ídolos, que separan al hombre de Dios: la autoglorificación llevada hasta el rechazo radical de la adoración a Dios, la arrogancia, la ambición de poder, el terrorismo, el armamentismo, la amenaza de una destrucción total de la humanidad, la avidez, la deificación del consumo.

A esto se añade el ateísmo oculto en el corazón y en el estilo de vida de muchos que se dicen cristianos, el contagio progresivo por parte del ateísmo práctico y, finalmente, hasta del ateísmo teórico.

La destrucción de todos estos falsos ídolos y la superación de las varias formas de ateísmo son posibles solamente por medio de una fe viva en el amor de Dios, que se reveló en Jesús. Solamente si nos dejamos tocar en nuestro centro más íntimo por el mensaje del amor y de la gracia y correspondemos con todo el corazón al amor infinito, que tiene su símbolo originario en el Corazón de Jesús, podemos escapar de los peligros y levantar un dique contra las oleadas del ateísmo.

En esta situación del mundo la fe cristiana exige de modo particular una gran decisión, un sí radical al reino del amor. Solamente quien ha sido plenamente conquistado por el amor de Dios en Cristo puede ser un predicador creíble y un testigo fiel de la fe.

Tenemos que adherir y unirnos íntimamente a la apremiante oración de Jesús: “Que todos sean uno como Tú en Mí, oh Padre, y Yo en Ti; que también ellos sean uno en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Juan 17,21). El amor grande, generoso e íntimo del Corazón de Jesús nos reveló con cuánto amor el Padre lo envió. Él quiere atraernos a su Corazón, llenar nuestro corazón con su amor, para que a nuestra vez lo difundamos nosotros. Jesús nos envía con el mismo amor con el que el Padre lo envió a Él, y ora: “Para que el amor con el que me has amado esté en ellos y Yo en ellos” (Juan 17,26).

La fórmula breve de la devoción al Sagrado Corazón suena así: aprender a amar a Jesús y aprender a amar con Él: de esto y exactamente de esto tiene necesidad el mundo amenazado por el ateísmo y por la falta de amor.

Solamente un corazón que arde en el amor de Cristo convierte en cenizas cualquier forma de ateísmo secreto. Solamente este amor limpia la vista para desenmascarar los disfraces de la incredulidad. Solamente el amor encuentra los medios salvíficos que el mundo necesita urgentemente.

Los que han sido tocados y conquistados por el amor del Corazón de Jesús deben unirse más íntimamente en estos tiempos de grandes decisiones y apoyarse mutuamente en el testimonio comunitario de esa fe, que da fruto en el amor y en la justicia.

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¡Corazón lleno de amor, luz suave, llama ardiente! Viniste para curar a un mundo enfermo, pero también eres el signo ante el cual los hombres tienen que decidirse. La decisión que Tú deseas y haces posible es la decisión por el reino de la paz y del amor, la decisión a favor de la glorificación del Padre celestial mediante un amor fiel. Quien rechaza tu amor cae en el reino de las tinieblas, de la mentira, del odio y de la enemistad.

Señor, quiero decidirme sin reservas por este amor, y me arrepiento sinceramente de las faltas que muy a menudo cometí en el pasado. Comprendo toda la injusticia cuando miro tu Corazón lleno de amor, y ahora veo más claramente la injusticia de un mundo que tiene necesidad de un testimonio creíble.

Ilumínanos a todos y sé nuestro apoyo, Corazón fiel de Jesús, para que en estos tiempos de decisión y de elección formemos un bloque unido en la fe y en el amor fiel, de tal manera que el mundo crea que el Dios infinito, misericordioso y bueno quiere cuidarnos como Padre, y que Tú eres el camino, la verdad y la vida: la vida para la vida del mundo.

Es triste ver que muchos cristianos son perezosos y descuidados a pesar de los signos tan elocuentes del tiempo. Despiértanos del sueño, de la indiferencia: llénanos de nuevo fervor y celo, y muéstranos los caminos más eficaces para dar testimonio de Ti y del Padre.

(Berhard Häring, El Sagrado Corazón de Jesús y la salvación del mundo, Ediciones Paulinas, Bogotá, 1988, Cap. 29, pp. 158-161).

martes, agosto 18, 2009

Comunicación de la realidad (Josef Pieper)


Según los datos de la teología, la substancia dogmática de la fe cristiana puede compendiarse en dos palabras: “Trinidad” y “Encarnación”. Es el “Doctor Común” de la cristiandad quien dice que todo el contenido del dogma cristiano se reduce a la doctrina del Dios Uno en tres Personas y a la participación del hombre en la vida divina, participación ejemplarmente realizada en Cristo.

Ahora bien, se da el caso de que la realidad enunciada en ese contenido de la revelación –en el fondo indiviso- se identifica con el acto mismo de enunciarla y con la persona del enunciante. Tal cosa apenas es posible en el mundo; y decimos “apenas” pensando en la excepción probablemente única de un ser humano que, dirigiéndose a otro, le declara: “Te amo.” Tampoco el sentido principal de esta declaración es poner en conocimiento de otra persona un hecho objetivo, separable del declarante; trátase más bien de un auto-testimonio, y lo así testimoniado se realiza precisa y singularmente en el acto expreso de testimoniarlo. De ahí que el interlocutor, por su parte, sea incapaz de descubrir la inclinación amorosa de su congénero de otro modo que asumiendo lo que oye de sus labios. Cierto que ese amor puede también “acontecerle” sin más, como a un niño pequeño, pero sólo “se entera” de él, lo experimenta, por cuanto lo aprehende y lo “cree” al serle atestiguado en forma verbal; sólo así lo recibe y se le hace presente de veras.

En un plano superior, ocurre lo mismo con la revelación divina. Al hablar Dios a los hombres, no les da a conocer meros hechos objetivos, sino que les abre su propia esencia, los hace partícipes de su ser. Mas lo que constituye el contenido básico de esa revelación, a saber, que al hombre se le invita a tomar parte en la vida divina y que incluso está ya teniendo lugar tal participación, posee su propia realidad no en otra cosa que en la palabra misma de Dios: porque Dios lo revela, es real. La Encarnación, por ejemplo, no es primero y “de todos modos” un hecho que posteriormente conocemos por la revelación; al contrario, el encarnarse de Dios y el manifestarse de Cristo constituye una sola e idéntica realidad. También aquí le toca lo suyo al creyente: en el acto mismo de aceptar como verdadero el mensaje de Dios autorrevelado, le viene y sucede realmente la anunciada participación en la vida divina. No existe, aparte de la fe, ningún otro medio por el que el hombre pueda conseguir esto. La palabra “comunicación” recobra aquí su sentido etimológico. La revelación divina no es mero anuncio de una realidad, sino “participación” en la realidad misma, lo cual sólo puede acaecerle al creyente.

(Josef Pieper, Antología, Editorial Herder, Barcelona, 1984, pp. 30-31).